
El trabajo es una imposición artificial — Supervivencia, narrativa y la arquitectura del trabajo
En 1966, en un simposio llamado “Man the Hunter”, el antropólogo Marshall Sahlins se paró con datos que otros ya habían recogido — el trabajo de campo de Richard Lee entre los ju/‘hoansi del Kalahari, los estudios de Arnhem Land en Australia — y dijo en voz alta lo que nadie se atrevía a decir. Los cazadores-recolectores, descritos rutinariamente como viviendo al borde mismo de la subsistencia, satisfacían sus necesidades con apenas quince a veinte horas de trabajo semanales, y pasaban el resto de sus horas despiertos descansando, conversando, sin hacer nada en particular. Sahlins publicó el argumento, ampliado, en Stone Age Economics (1972) bajo un título diseñado para escocer: “la sociedad opulenta original”. Opulenta no porque los cazadores-recolectores tuvieran mucho, sino porque querían poco y lo obtenían sin la compulsión que hoy implica la palabra “trabajo”. El hallazgo avergonzó a todo un relato civilizatorio según el cual la agricultura y la industria habían liberado a la humanidad de la carencia. No lo habían hecho. Habían inventado una nueva manera de estar ocupado, y luego habían hecho que esa ocupación se sintiera como destino. …





