La Registradora oyó caer el roble mientras su pluma seguía moviéndose. El ruido vino del bosque norte: un solo estampido de madera que se abre, luego una queja larga y baja que hizo temblar la tinta en el tintero. Ella escribía que el carro del molinero había cruzado el vado antes del anochecer. Cuando levantó la vista, el polvo se había reunido entre los troncos y los pájaros ya regresaban a ellos.
Trazó una línea bajo el nombre del molinero y cerró el libro.
Al atardecer, el hijo del leñador la encontró cuando llevaba el libro a casa. Tenía doce años y había llorado con tanta fuerza que dos surcos limpios le cruzaban la cara polvorienta.
—¿Lo vio? —preguntó.
—Lo oí.
—¿Pero lo vio caer?
La Registradora miró más allá de él. Desde el camino se veía el nuevo hueco en la copa.
—No.
Pero esa no era la historia que quería contar …
{…}
