La Registradora oyó caer el roble mientras su pluma seguía moviéndose. El ruido vino del bosque norte: un solo estampido de madera que se abre, luego una queja larga y baja que hizo temblar la tinta en el tintero. Ella escribía que el carro del molinero había cruzado el vado antes del anochecer. Cuando levantó la vista, el polvo se había reunido entre los troncos y los pájaros ya regresaban a ellos.
Trazó una línea bajo el nombre del molinero y cerró el libro.
Al atardecer, el hijo del leñador la encontró cuando llevaba el libro a casa. Tenía doce años y había llorado con tanta fuerza que dos surcos limpios le cruzaban la cara polvorienta.
—¿Lo vio? —preguntó.
—Lo oí.
—¿Pero lo vio caer?
La Registradora miró más allá de él. Desde el camino se veía el nuevo hueco en la copa.
—No.
El niño apretó el asa de la carretilla que había traído. Era absurdamente pequeña frente al bosque.
—Entonces se lo llevarán.
Cada invierno, cada casa recibía una parte de la madera caída del bosque norte. Las partes salían del libro de la Registradora. Un árbol que no estuviera asentado como caído seguía de pie, en las cuentas del pueblo, dentro del bosque común. Nadie podía cortarlo. Nadie podía llevarse siquiera una rama. El padre del niño se había lastimado en primavera, y su estufa llevaba tres noches fría.
—Haga un reporte —dijo ella.
El niño la miró como si le hubiera ofrecido una piedra.
El libro de reportes estaba sobre la mesa ante la oficina. No tenía candado. Sus páginas guardaban mordidas de perro, luces extrañas, ovejas perdidas y los nombres de quienes aseguraban haber oído a sus muertos golpear bajo el suelo. El niño escribió despacio, apretando tanto que la punta rasgó el papel: El roble abuelo cayó antes del atardecer. Vi el polvo. Necesito leña.
A la mañana siguiente, la Registradora fue al bosque con el escribano del pueblo. El hombre llevaba el cuello de invierno pese al calor y una cinta de medir de latón. El roble yacía sobre el musgo donde había crecido doscientos años, las raíces alzadas sobre la tierra como una mano que se negara a ser enterrada. La savia brillaba en el corazón desgarrado. Una rama rota había atravesado la carretilla del niño, abandonada cerca de allí.
La Registradora se quedó mucho rato frente al árbol.
Era, por todo lo que sus ojos podían decirle, el árbol más caído que había visto jamás.
Y no había ocurrido.
El escribano abrió su libro en el mapa del bosque.
—No hay asiento —dijo. Tocó con un dedo el roble erguido, dibujado en tinta marrón—. La madera común sigue intacta.
El niño esperaba tras la cinta, junto a su padre. El hombre estaba sentado en un tocón, con la pierna mala extendida, sin decir nada. Cuando el escribano comenzó a medir el tronco como si todavía estuviera vertical, el niño dio un paso adelante.
—Está en el suelo.
—Está en el suelo —dijo el escribano—. Esa no es la pregunta.
La Registradora podía escribir la frase que faltaba: Atestiguada, en esta fecha, la caída del roble abuelo. Nadie le preguntaría si había visto el primer movimiento o solo el polvo. El pueblo confiaba más en la forma de su mano que en la memoria de cualquier persona. Su firma llenaría la cuota de invierno, y el niño podría llevar leña a casa antes de que oscureciera.
Pero su mano no había visto caer el roble.
Tomó el lápiz del escribano y trazó una línea sobre el árbol marrón del mapa.
Él le sujetó la muñeca.
—No puede alterar una ocurrencia.
—No estoy alterando ninguna.
Abrió su propio libro. Debajo del carro del molinero escribió: A la hora nona observé al roble abuelo yaciendo en el bosque norte. Luego firmó.
El escribano lo leyó dos veces.
—No hay columna para yacer.
—Ahora la hay.
Durante un momento nadie se movió. Luego el padre del niño soltó una risa breve, áspera, como si le doliera. El escribano cerró ambos libros y se alejó con la cinta de latón arrastrándose entre los helechos.
La Registradora se sentó junto al roble caído hasta el anochecer. Vio al niño hundir el hacha en una rama no más gruesa que su muñeca. El primer golpe contó. El segundo contó. Cuando la rama cedió, él la miró antes de levantarla a la carretilla.
Ella no anotó la caída.
Anotó que el niño había llevado leña a casa desde un árbol que nunca dejó de estar de pie.
