Durante años, aprender inglés significó que las palabras y las frases llegaran antes que sus significados. Reconocía kernel y shell como partes de un sistema operativo, y switch, gateway y bridge como piezas de una red. Esas mismas palabras pertenecían a la vida corriente, pero ese segundo mundo no venía con ellas. Una oración podía ser gramaticalmente sólida y seguir pareciéndome un edificio en cuyas habitaciones nunca había entrado.

Los LLM devuelven esa inquietud. Producen un lenguaje fluido y manejan los términos técnicos con soltura, y esa fluidez puede parecer desprendida del mundo que las palabras nombran, como si el modelo hubiera aprendido la arquitectura de la lengua sin pararse entre las cosas que describe. No digo que un modelo no sepa nada, ni que sus límites coincidan con los de quien aprende una segunda lengua. El parecido es más estrecho: en ambos casos, el dominio visible de las palabras puede llegar antes de que alguien pueda confiar en que hay significado detrás.

I. Lo que la metáfora deja por fuera

El inglés técnico deja ver esa brecha porque su vocabulario está hecho de fósiles. Kernel viene del inglés antiguo cyrnel, un granito de cereal. Shell fue acuñada por Louis Pouzin a finales de 1964 o comienzos de 1965, para el lenguaje de órdenes de Multics, y las dos palabras juntas forman una nuez: centro blando, cáscara dura. En América Latina casi nunca las traducimos: decimos el kernel, la shell, el switch, y la palabra llega aún más pelada, sin nuez, como esos nombres que importamos sin su significado. Nada de eso ayuda a encontrar un error. Un kernel no es una semilla que se pueda sostener en la mano.

Bridge es el caso instructivo, porque conserva más del sentido antiguo y luego lo traiciona. Un puente de red une dos segmentos, como un puente de piedra une dos orillas. Pero a un pueblo le conviene tener dos puentes sobre el río, y una red que conecta dos segmentos por dos puentes puede derribarse sola: las tramas giran en el bucle y se multiplican hasta que el tráfico ahoga todo lo demás. Radia Perlman diseñó en 1985 el protocolo de árbol de expansión para resolverlo, apagando las rutas redundantes hasta que hagan falta. Ningún río enseña eso. Aprender el vocabulario es aprender qué distinciones hace una comunidad. Entenderlo es saber además qué hacen esas distinciones cuando algo sale mal.

II. La compañía de una palabra

Gran parte de lo que yo sabía de esas palabras venía de las palabras que las rodeaban. The bridge forwards the frame. The gateway routes the packet. Los lingüistas tenían una teoría de esto mucho antes de que alguien construyera una máquina sobre ella. Zellig Harris sostuvo en 1954 que los elementos de distribución similar tienden a tener significados similares, y en 1957 J. R. Firth le dio su lema a la idea: «You shall know a word by the company it keeps», conocerás una palabra por la compañía que frecuenta. Un modelo de lenguaje es ese lema a escala industrial.

García Márquez imaginó el caso contrario. Macondo empieza en un mundo «tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Más adelante, durante la peste del insomnio, la gente olvida y marca las cosas con letreros; pronto un letrero con el nombre de la vaca no basta y hay que escribir también para qué sirve, que se ordeña, que da leche. Wittgenstein habría entendido el letrero. Sus albañiles, en las Investigaciones filosóficas, tienen cuatro palabras, y cuando uno grita «¡losa!» el otro trae una losa. El significado está dentro del trabajo. Un manual te da los vecinos de la palabra. La obra te da la losa.

Stevan Harnad convirtió esa diferencia en un experimento mental. En «The Symbol Grounding Problem» (1990) propone aprender chino como segunda lengua con un solo diccionario chino-chino. Es difícil, pero tienes un mundo al cual amarrar las palabras. Ahora aprende chino como primera lengua con el mismo diccionario. Eso, creía Harnad, es imposible: un carrusel que pasa sin fin de un símbolo sin sentido a otro. Aquí se rompe la analogía con mi inglés. Yo iba en la versión difícil del carrusel. Ya sabía, en otra lengua, qué eran un puente y una semilla.

III. El pulpo y el olmo

La versión moderna más fuerte del argumento escéptico es el pulpo de Emily Bender y Alexander Koller. Dos personas varadas en islas separadas se escriben por un cable de telégrafo. Un pulpo de las profundidades intercepta la línea, aprende las estadísticas, corta el cable y suplanta a una de ellas. La charla menuda sale bien. Luego una de las náufragas, perseguida por un oso, pregunta cómo hacer un arma con dos palos, y el pulpo no tiene nada, porque nunca ha visto un palo. Solo tuvo la forma, concluyen los autores, y no aprendió el significado.

La parábola es buena, y trata de un pulpo que oyó a dos personas. Un modelo grande ha leído algo más parecido a una biblioteca, incluido lo que escribieron quienes se toparon con osos, y uno actual te dará consejos útiles. Ese texto no salió de un proceso azaroso. Lo escribieron personas que miraban las cosas. Por eso no se sostiene la conclusión fácil de que la fluidez del modelo está vacía.

Borges dejó una advertencia en la dirección opuesta. Ireneo Funes, que lo recuerda todo, «había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín», y el narrador añade: «Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar». Adquirir lenguas no prueba nada. Hilary Putnam ofrece una descripción mejor del terreno intermedio. En «The Meaning of ‘Meaning’» (1975) admite que no distingue un olmo de una haya, y sin embargo cuando dice olmo se refiere a los olmos, porque otros hablantes sí los distinguen y su palabra se apoya en la de ellos. Lo llamó división del trabajo lingüístico. Durante años mi kernel funcionó con ese crédito: yo usaba bien la palabra y quienes habían leído el código fuente ponían la garantía. Si una máquina puede pedir prestado en las mismas condiciones es una disputa abierta, y no quiero zanjarla por analogía. Pero el préstamo tiene una condición que Putnam da por sentada: sabe que existe un botánico y sabe cuándo ir a preguntarle. Muchas veces la señal de que alguien entiende no es una respuesta sino el momento en que dice que tendría que comprobarlo.

IV. El derecho a decir verde

La advertencia más aguda contra los veredictos simples viene de alguien a quien le dijeron que no tenía derecho a su propio vocabulario. Los críticos de Helen Keller suponían, en palabras de ella, que no tenía derecho moral a hablar de la belleza, del cielo, de las montañas, del canto de los pájaros ni de los colores. Los educadores tuvieron luego un nombre para ese modo de hablar, verbalismo: palabras usadas sin la experiencia sensorial que las respalda. La respuesta de Keller en The World I Live In (1908) es uno de los mejores relatos que existen sobre el significado de segunda mano. El ciego, dice, adivina y descifra el sentido de esas palabras mediante analogías tomadas de los sentidos que tiene. Y luego: ha hablado y leído tanto sobre los colores que, sin proponérselo, les atribuye significados.

Barbara Landau y Lila Gleitman encontraron la misma capacidad en una niña. Kelli, ciega de nacimiento, entendía look como una instrucción de explorar con las manos. No copiaba un sentido ajeno ni repetía ruido. La palabra se ajustaba al mundo que ella tenía.

De modo que el lenguaje viaja mucho más allá de la percepción, y los críticos se equivocaban. Pero conviene ver dónde empieza el viaje de Keller. En La historia de mi vida, su maestra le pone una mano bajo un chorro y le deletrea una palabra en la otra, y ella comprende que «w-a-t-e-r» es esa cosa fresca y maravillosa que le corre por la mano. Sus analogías salen de sus sentidos. Las de un modelo salen del texto. Esa diferencia no debe trasladarse a la ligera a la experiencia humana, en ninguna de las dos direcciones: ni prueba que las palabras del modelo estén vacías ni les concede lo que Keller tuvo en la bomba de agua.

V. Palabras que fallan

Entender resulta ser varios exámenes. Saber la definición de una palabra, usar su sintaxis, aplicarla bien, haber conocido la cosa, actuar en consecuencia cuando la situación cambia: una persona o una máquina pueden aprobar unos y reprobar otros, y la fluidez solo muestra los tres primeros.

J. L. Austin observó en Cómo hacer cosas con palabras que algunas oraciones actúan en lugar de describir. «Bautizo este barco» bautiza el barco. Cuando una de ellas sale mal no es falsa sino, en su término, desafortunada. El inglés técnico está lleno de ellas. kill mata un proceso. mount monta un disco. Una shell es el lugar donde una oración se encuentra con una máquina que no califica por verosimilitud, y eso le da al último examen un giro extraño. El registro que a mí me parecía más vacío, el que no tenía río, es donde las palabras de un modelo se pueden poner a prueba con más facilidad. Conectado a una terminal, puede ejecutar la orden, leer el error y volver a intentarlo. Recibe algo que la distribución nunca le dio al pulpo: una respuesta desde fuera de su propio texto.

Eso no es una bomba de agua. La respuesta llega como más texto, una prueba superada demuestra menos de lo que parece, la habitación china sigue en el edificio y alguien tiene que leer lo que hizo la máquina. Pero la pregunta útil sobre una oración fluida ha cambiado. Ya no es si hay algo detrás de las palabras, cosa que nadie puede inspeccionar. Es qué pasa si la oración está equivocada y quién se entera.

Dos puentes en paralelo, sin árbol de expansión, tumban una red lo bastante rápido como para sacar de la cama a quien esté de guardia, y desde entonces esa persona sabe qué significa la palabra. La fluidez no puede enseñar eso. Solo puede describirlo, a veces muy bien, que es como yo lo aprendí la primera vez.

VI. La lengua que nadie enseña

Hay una versión más dura de esta historia, y no necesita ninguna máquina. Supón que ya hablas la lengua. Aprobaste el examen, leíste los manuales, trabajas en ella. Luego te mudas al país donde vive, y no vas a la escuela allí, no haces amigos cercanos y no te casas con nadie. Puedes explicar una falla de enrutamiento ante una sala llena y seguir sin saber qué decirle al farmaceuta, por qué se rio la mesa, o si el we should have you over sometime de un vecino es una invitación.

Jim Cummins describió el orden habitual entre escolares: la lengua de conversación en unos dos años, la académica en cinco a siete. El adulto del que hablo la tiene al revés, y quizá nunca termine. La lengua técnica se puede aprender a solas, porque está escrita y se queda quieta. La lengua diaria está guardada sobre todo en otras personas.

La investigación tiene una palabra sombría para lo que sigue. Larry Selinker lo llamó fosilización en 1972: la lengua del aprendiz deja de desarrollarse antes de llegar a la meta, por larga que sea la estadía. Alberto, un inmigrante costarricense en Estados Unidos estudiado por John Schumann, apenas avanzó en inglés mientras los demás aprendices progresaban, y Schumann buscó la causa en la distancia social, no en la capacidad. Bonny Norton siguió a mujeres inmigrantes en Canadá y encontró lo mismo desde el otro lado. Eva, la única empleada de su restaurante de comida rápida cuya primera lengua no era el inglés, estaba rodeada de él, y sus compañeros rara vez le hablaban. Estar expuesto no es tener acceso. Una lengua puede llenar la calle sin estar dirigida a ti. Richard Rodriguez lo vio en su propia casa de California: en Hunger of Memory cuenta que sus padres mexicanos solo estaban cómodos en español, mientras él, gracias a la escuela, cruzaba al inglés sin ellos.

Piensa en lo que tienen en común una escuela, un amigo y un matrimonio. Cada uno obliga a alguien a seguir hablándote cuando el trámite ya terminó. Te toman el pelo, te completan mal la frase, te corrigen y se quedan en la habitación cuando fallas. El cajero y el farmaceuta no hacen nada de eso. Te entendieron lo suficiente, la transacción se cerró y el error se va contigo a casa, intacto, para repetirse treinta años. Es la obra de Wittgenstein vista desde la cerca: puedes oír «¡losa!» todos los días y que nadie te pase una.

Agota Kristof huyó de Hungría en 1956, a los veintiún años, y fue a dar a una fábrica en Neuchâtel con un marido y una bebé, rodeada de un francés que era de otros. Cinco años después dejó la fábrica, se puso a estudiar la lengua y llegó a ser una novelista célebre en ella. Ni siquiera eso bastó. En L’Analphabète, tres décadas después, escribió: «Hablo francés desde hace más de treinta años, lo escribo desde hace veinte, pero sigo sin conocerlo». La llamó lengua enemiga.

Un modelo puede leer lo que se dijo en todas las cocinas. Una persona puede vivir cuarenta años a pocos metros de una. Ninguno de los dos arreglos deja entrar a nadie, porque las habitaciones de una lengua se abren desde dentro, y alguien allí tiene que quererte adentro.

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