Primero, la antorcha. Arde madera de pino, humea y nunca está quieta, de modo que la pared tampoco lo está. La cámara se abre en lo hondo de un acantilado calizo sobre la garganta del Ardèche, en el sur de Francia, y la roca se curva y se pliega como un cuero. Sobre ella, al carbón, una manada de leones avanza de izquierda a derecha. Las cabezas se superponen, una detrás de otra, como si el mismo animal hubiera sido sorprendido en varios puntos de un giro. Cerca, un caballo tiene demasiadas patas. Un bisonte tiene ocho.
La cueva de Chauvet fue descubierta en diciembre de 1994 por tres espeleólogos, y sus dibujos más antiguos se datan hoy en más de treinta y cinco mil años. Durante un tiempo las patas de más se leyeron como vacilación, una mano que se corregía. El arqueólogo Marc Azéma y el artista Florent Rivère sostuvieron lo contrario en la revista Antiquity en 2012: las extremidades superpuestas son posiciones sucesivas, y bajo una llama que se mueve parpadean hasta convertirse en galope. Werner Herzog, que filmó dentro de la cueva La cueva de los sueños olvidados (2010), llamó al bisonte de ocho patas “casi una forma de protocine”. Un intento de animación, dibujado por alguien que no tenía palabra para eso.
La semana pasada grabé a mi gato en pleno salto, en 4K, con el teléfono. Tres segundos de video, el cuerpo estirado entre el piso y el respaldo de una silla. No era arte ni pretendía serlo. Pero el gesto era el de la pared: vi moverse a un ser vivo y no quise que el movimiento desapareciera. La rima es casi demasiado exacta. Los leones de Chauvet también son felinos, dibujados sin melena, como al parecer era el león de las cavernas. A lo largo de treinta y cinco mil años se dibuja el mismo cuerpo.
I. No somos su versión mejorada
La historia habitual del arte va cuesta arriba: comienzos toscos, refinamiento lento, la perspectiva en Florencia, la fotografía, el cine y, al final, nosotros. Chauvet rompe ese relato, porque los dibujos del comienzo no son toscos. Los leones tienen peso. Los hocicos de los caballos están sombreados frotando el carbón con un dedo, y los pintores usaron la roca misma: una cresta se vuelve hombro, una concavidad se vuelve flanco. Herzog los recorre en tomas largas y silenciosas, y lo que encuentra la cámara no es un borrador del arte. Es arte.
Quienes los hicieron eran humanos anatómicamente modernos. El mismo cerebro, las mismas manos, los mismos ojos afinados para el mismo movimiento. Vivían bajo las mismas tres presiones que nosotros: sobrevivir, hacer algo más que sobrevivir, y convertir lo que veían en algo que otro pudiera ver. Las dos primeras las compartían con todos los animales de la estepa. La tercera es la que está en la pared.
Al otro lado del océano hay una prueba con otra firma. En la Cueva de las Manos, sobre el cañadón del río Pinturas, en la Patagonia, cazadores de guanacos soplaron pigmento alrededor de sus propias manos hace unos nueve mil años, y siguieron haciéndolo durante milenios. Cientos de siluetas, casi todas izquierdas, porque la derecha sostenía el tubo. No hay contacto posible entre la Patagonia y el Ardèche, y sin embargo es la misma mano.
La datación por radiocarbono sugiere que Chauvet fue frecuentada en dos períodos, el primero entre unos 37.000 y 33.500 años atrás y el segundo entre 31.000 y 28.000. Según las fechas que presenta Herzog, algunas figuras que se superponen en el mismo panel fueron dibujadas con unos cinco mil años de diferencia. La gente regresó a lo largo de un lapso más extenso que toda la historia escrita, se detuvo frente a marcas dejadas por desconocidos y les respondió. Eso es una conversación, no un garabato.
II. La velocidad y la herramienta
Si el impulso no cambió, algo más cambió. La diferencia más visible es la velocidad. Un caballo al carbón exigía horas, una antorcha, provisión de madera quemada y un cuerpo que conociera la cueva lo bastante como para trabajar en ella. Mi gato exigió tres segundos y un pulgar. Eso cambia enormemente cuánto se produce. No cambia por qué alguien lo produce.
La herramienta es la segunda diferencia, y es fácil sobrestimarla. El carbón, el ocre y la curva de una pared fijan la resolución de los leones de Chauvet: unas pocas líneas, la silueta esencial, el movimiento simulado por repetición. El sensor del teléfono, el códec y la aplicación de edición fijan la resolución de mi video. La herramienta decide cuánto del movimiento sobrevive y hasta dónde llega. No aporta la intención de conservarlo.
Hay un punto intermedio entre la pared y el teléfono. En 1878 Eadweard Muybridge alineó una fila de cámaras a lo largo de una pista en California y fotografió a una yegua llamada Sallie Gardner al galope, un cuadro por cámara, para zanjar si las cuatro patas se despegaban del suelo al mismo tiempo. Se despegaban. La secuencia suele presentarse como el principio del cine. Vista junto a Chauvet, parece más bien la solución a un problema antiguo: cómo poner en fila las posiciones sucesivas del caballo para que el ojo las haga correr. Los pintores de Chauvet apilaron las posiciones en un solo lugar y dejaron que la antorcha las hiciera correr. Muybridge las dispuso una al lado de la otra y dejó que lo hiciera un proyector.
III. El trinquete
El candidato más serio a una diferencia real no es la velocidad ni la herramienta. Es la acumulación. El psicólogo Michael Tomasello, en Los orígenes culturales de la cognición humana (1999), lo llamó efecto trinquete: los humanos heredan lo que la generación anterior descubrió, le suman algo, y lo ganado rara vez retrocede. El lenguaje se construye sobre el lenguaje, la técnica sobre la técnica, y cada generación empieza más arriba en la pared.
El pintor de Chauvet tenía unas decenas de vecinos y algunos antepasados de quienes aprender. Yo tengo, en principio, a todos a la vez. Cada manera en que alguien filmó alguna vez a un gato está a una búsqueda de distancia, y el teléfono ya contiene siglos de óptica, química y matemática que yo no podría reconstruir. Una diferencia de escala tan grande a veces se vuelve una diferencia de naturaleza. La escritura le hizo eso a la memoria, y la imprenta a la argumentación.
No estoy seguro de que ocurra aquí. El trinquete eleva el piso de lo que cualquiera puede hacer; no eleva, al menos no de manera evidente, el acto de ver. El pintor de Chauvet tuvo que mirar un león durante mucho tiempo, a distancia prudente o no, antes de dibujarlo de memoria en la oscuridad. Yo miré a mi gato una fracción de segundo, y el teléfono miró por mí. Cuando todos registran todo, la pregunta es cuánto de lo registrado sigue siendo ver y cuánto es un reflejo que se dispara antes de que el ojo alcance a posarse. La acumulación nos da más medios y, tal vez, menos de la atención para la que esos medios fueron hechos.
IV. Lo que busca la mano
Escribí una vez sobre la escritura como el largo proyecto de sacar el conocimiento fuera del cráneo, de las paredes de las cuevas a los transformers. Este no es ese argumento. Almacenar es conservar lo que sabemos. Los leones no son conocimiento almacenado; nadie necesitaba el diagrama de un león para sobrevivir a uno. Son un intento de conservar la presencia: la manera precisa en que un cuerpo gira, el instante antes de que ya no esté.
Ese impulso es lo que no ha cambiado, y sospecho que nunca dependió de las herramientas. Las herramientas son la forma en que un entorno dado nos permite responder. El carbón era lo que dejaba el fuego; el teléfono es lo que nuestro entorno deja sobre la mesa. La respuesta es siempre el mismo movimiento: una criatura que reacciona a lo que la rodea e intenta ir más allá, dejar algo que dure más que el momento de ver. Que el resultado dure treinta y cinco mil años en una cueva sellada, nueve mil en un alero patagónico o tres semanas en la galería del teléfono depende del mundo. El gesto de extender la mano, no.
V. Dos luces
Una antorcha recorre una pared curva, y la luz se adelanta a la mano que la sostiene. Donde pasa, ocho patas se vuelven cuatro en movimiento, y una manada de leones gira la cabeza hacia algo que queda justo fuera del cuadro.
Un teléfono descansa boca arriba sobre una mesa oscura, de noche. La pantalla se enciende y su luz fría se derrama sobre la madera. En ella, un gato queda suspendido sobre el piso, borroso en las patas, a tres segundos de caer.
Lecturas recomendadas
- Cueva de Chauvet — el descubrimiento, los dos períodos de ocupación, el panel de los leones
- Cueva de las Manos, río Pinturas, Santa Cruz, Argentina
- Marc Azéma, Florent Rivère — “Animation in Palaeolithic art: a pre-echo of cinema”, Antiquity 86 (2012)
- Werner Herzog — La cueva de los sueños olvidados (2010)
- Eadweard Muybridge — Sallie Gardner at a Gallop (1878)
- Michael Tomasello — Los orígenes culturales de la cognición humana (1999)
