Tomo el teléfono para revisar una sola cosa, el clima o la hora de un bus. Cuando levanto la vista han pasado cuarenta minutos. No ocurrió nada dramático en ellos. Hubo una notificación, luego un video que alguien compartió, luego el siguiente video, luego un titular, luego un numerito rojo que había que hacer desaparecer. Ningún momento se sintió como una pérdida de libertad. La hora estaba hecha de momentos ordinarios, y ninguno fue mío.

Duran Duran lanzó “Ordinary World” a comienzos de los noventa, una canción que Simon Le Bon escribió en parte desde el duelo, sobre intentar volver a una vida normal después de que algo la rompió. El título me acompaña por otra razón. La conversación pública llama a este momento “el impacto de la IA”, como si el cambio fuera un meteorito que llega de afuera. Lo que se extiende es más viejo y más deliberado: la automatización empujada hasta cada rincón del trabajo, y productos diseñados para retener la atención el mayor tiempo posible. La pregunta de la canción le queda a ese segundo cambio. ¿Queda todavía un mundo en el que ser humano no parezca un defecto a la espera de ser automatizado?

I. La hora hecha de momentos ordinarios

La antropóloga Natasha Dow Schüll pasó quince años entre jugadores de máquinas tragamonedas en Las Vegas. En Addiction by Design (2012) describe lo que los jugadores llaman “la zona”, un estado en el que el tiempo, el dinero y el yo se disuelven en la siguiente jugada. Los jugadores no querían ganar. Querían seguir. La industria, muestra Schüll, había aprendido a afinar el ritmo, los casi-aciertos, las sillas y la luz para mantenerlos ahí. La zona no era una falla de los jugadores. Era una característica del producto.

El método viaja. Un feed que no termina, una notificación sincronizada con el momento en que la atención se dispersa, una reproducción automática que elimina la decisión de continuar: nada de esto requiere que alguien sea débil. Solo requiere que a alguien le paguen por minuto de atención. Escribí sobre la versión menor de esto en el efecto mosquito, el irritante bajo y constante que moldea la conducta precisamente porque nunca llega a ser una decisión.

El daño es más fácil de sentir que de medir. Jonathan Haidt sostiene en La generación ansiosa (2024) que los teléfonos inteligentes y las redes sociales reconfiguraron la adolescencia y empujaron un aumento de la ansiedad y la depresión. La psicóloga del desarrollo Candice Odgers le respondió en Nature que los datos no sostienen una afirmación causal tan fuerte, y Amy Orben y Andrew Przybylski ya habían encontrado, en más de 350.000 adolescentes, que la asociación promedio entre el uso de tecnología y el bienestar era mínima. Los promedios esconden a quienes están en los extremos, y el diseño importa más que el tiempo de pantalla. La afirmación honesta no es que los teléfonos o la IA causaron una crisis de salud mental. Es que los entornos construidos para la estimulación constante hacen más difícil vivir con las vulnerabilidades que ya existían, y convierten el silencio en algo que parece un síntoma.

II. Adónde va el tiempo ahorrado

En 1930, John Maynard Keynes escribió un ensayo breve, “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. Predijo que en un siglo la productividad crecería tanto que el principal problema de sus nietos sería el ocio, y que bastaría una semana de quince horas. Acertó en la productividad. Se equivocó en las horas.

Cincuenta años antes, un médico nacido en Santiago de Cuba había hecho la pregunta con menos paciencia. Paul Lafargue, yerno de Marx, publicó en 1880 El derecho a la pereza, un panfleto contra lo que llamaba la “extraña locura” de las clases obreras: el amor al trabajo. Si las máquinas producen más, preguntaba, ¿por qué los obreros trabajan más y no menos? La historiadora Ruth Schwartz Cowan encontró la misma respuesta en casa. En More Work for Mother (1983) mostró que la lavadora, la aspiradora y la estufa eléctrica no redujeron las horas que las mujeres estadounidenses dedicaban al hogar. Los estándares subieron hasta alcanzar a las máquinas. La ropa se lavaba más seguido, los pisos debían estar más limpios, y la lavandera desapareció mientras el trabajo se quedaba.

La IA generativa está repitiendo el experimento. Un estudio de agentes de atención al cliente de Erik Brynjolfsson, Danielle Li y Lindsey Raymond encontró que un asistente de IA elevó la productividad en alrededor de un catorce por ciento, sobre todo entre los trabajadores con menos experiencia. Es una ganancia real. Pero una ganancia todavía no es un regalo. El trabajador que termina una tarea en la mitad del tiempo descubre que la mitad ahorrada se volvió la nueva línea base. La herramienta facilitó el trabajo. Nada en el sistema hizo lugar para una vida más allá de él. Quién recibe la hora ahorrada no es una pregunta técnica, y ningún modelo la va a responder.

III. La disculpa y el incentivo

El 31 de enero de 2024, en una audiencia del Comité Judicial del Senado de Estados Unidos, Mark Zuckerberg se dio vuelta hacia padres cuyos hijos habían sido dañados a través de las redes sociales y les pidió disculpas. La disculpa pudo ser sincera. Fue también una disculpa en la gramática de las consecuencias no deseadas, pronunciada por el jefe de una empresa cuyos ingresos siguen dependiendo del tiempo de uso y cuyos incentivos no cambiaron cuando volvió a sentarse.

La tecnología no llega como una capacidad neutral cuyos efectos dependen solo de cómo la usa la gente. Llega dentro de instituciones con dueños, modelos de negocio y medidas de éxito. Shoshana Zuboff llamó a una versión de esto capitalismo de vigilancia; Yanis Varoufakis, con más provocación, lo llama tecnofeudalismo, un sistema en el que las plataformas cobran renta sobre la atención como los señores la cobraban sobre la tierra. Ya escribí sobre esa imaginación feudal. Ambas etiquetas son argumentos, no hechos establecidos, y ninguna hace falta para el punto más simple. Cuando la medida del éxito es la permanencia del usuario, la atención se vuelve inventario, la dependencia pasa a llamarse comodidad, y una disculpa no cambia nada de lo que se mide.

El contraargumento merece toda su fuerza. La automatización elimina trabajo pesado. Pone la pericia al alcance de quien nunca habría podido pagarla. Da a las personas con discapacidad capacidades que no tenían, y le devuelve a todos horas de tareas que nadie extrañaría. Rechazar las herramientas porque los poderosos pueden capturarlas es dejarles a ellos la definición del progreso. El problema no es el cambio. Es el cambio sin nadie que responda por lo que debería quedar.

IV. Un dios con prótesis

El mismo año en que Keynes les prometía ocio a sus nietos, Sigmund Freud publicó El malestar en la cultura, y fue menos optimista. “El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis”, escribió: magnífico cuando se coloca todos sus órganos auxiliares, pero esos órganos no han crecido con él y todavía le dan muchos sinsabores.

La frase resiste mejor que buena parte de la teoría de Freud. Los órganos no han crecido con nosotros. Cargamos una herencia evolutiva y cultural que ningún equipo de producto puede parchar: la necesidad de dormir, de cuerpos cerca de otros cuerpos, del apego sin el cual, mostró John Bowlby, un niño no puede crecer, de límites, de un sentido que no llegue como métrica. Freud y Carl Jung discreparon sobre casi todo lo que había debajo de esa herencia. Freud veía una psique que paga la civilización con renuncia; Jung, en Modern Man in Search of a Soul (1933), veía una con hambre de un sentido que la vida moderna había dejado de dar. Ninguno sustituye la evidencia actual sobre salud mental. Pero ambos entendían que una persona no es una pizarra en blanco esperando una actualización, y que el costo de los órganos nuevos lo paga el cuerpo viejo.

V. El regreso que falta

El héroe de las mil caras (1949), de Joseph Campbell, se recuerda por la partida: la llamada a la aventura, el umbral, las pruebas, el calvario. Menos lectores recuerdan que su última parte trata del regreso a casa. En el relato de Campbell el héroe debe traer el don de vuelta a la comunidad, y esa es la etapa más difícil. Hay un capítulo llamado “La negativa al regreso”, en el que el héroe, después de encontrar lo que buscaba, no quiere volver. Incluso el Buda, en la tradición que Campbell sigue, dudó tras su despertar de que lo aprendido pudiera contársele a alguien.

Campbell tiene críticos justos. Folcloristas como Alan Dundes objetaron que eligió los ejemplos que encajaban y descartó los demás, y que una historia contada mil veces es una construcción del lector, no una ley de la psique. Este año escribí sobre la distancia entre la sabiduría de Campbell y quienes la venden. Leído como diagnóstico y no como doctrina, el monomito le hace una pregunta útil a una cultura enamorada de la aceleración: ¿dónde está el regreso? Cada capacidad nueva abre otra prueba. Cada lanzamiento es una nueva partida. No hay un relato compartido sobre la suficiencia, sobre llevar la ganancia a casa, sobre el momento en que el viaje debería terminar en una vida que alguien pueda vivir.

El regreso más antiguo de la literatura occidental termina en una cama. Cuando Odiseo llega a Ítaca después de veinte años, Penélope lo pone a prueba pidiéndole a una sirvienta que saque el lecho del dormitorio. Él se enfurece, porque la cama no se puede mover: la construyó con sus manos alrededor del tronco de un olivo vivo, y la casa alrededor de la cama. Así lo reconoce ella. La prueba del regreso es algo que no viaja.

VI. Un mundo ordinario

Buscar un mundo ordinario no es nostalgia. El pasado tenía su propio trabajo pesado y su propia crueldad, y menos de las herramientas que me dejan escribir esto desde cualquier parte. Es una exigencia: que el progreso se juzgue según si la gente todavía puede sostener la atención, cuidar sus vínculos, seguir los ritmos de un cuerpo, hacer un trabajo con sentido y pasar tiempo que nadie mide. Eso no es un sobrante que se protege cuando la eficiencia termina. Es lo que la eficiencia debía servir.

Tres preguntas mantienen honesta la distinción. ¿Qué puede hacer realmente la herramienta, aparte del marketing y de los futuros imaginados? ¿Qué premia el sistema que la rodea, y quién recibe el tiempo y la capacidad que crea? ¿Y qué debería seguir siendo humanamente ordinario, las formas de vida que no deberían tener que justificarse por productividad, permanencia o escala? La primera pregunta es de los ingenieros. La segunda, de cualquiera que trabaje o vote. La tercera no tiene dueño, y por eso sigue sin respuesta.

Ernesto Sábato, cerca de los noventa años, escribió La resistencia (2000), una serie de cartas sobre lo que la velocidad y la pantalla le estaban quitando a la vida común: la conversación, la mesa compartida, el oficio hecho con las manos. No pedía heroísmo. Pedía resistir en lo pequeño. Las respuestas no van a venir de un acto de voluntad, un fin de semana sin teléfono, una renuncia heroica. Vendrán, si vienen, de prácticas repetidas y de límites colectivos: horas que un lugar de trabajo acuerda no colonizar, productos a los que se les permite estar terminados, una medida del éxito que incluya la tarde. No se trata de detener la historia, ni de entregarle el futuro a quien sea dueño de los servidores. Se trata de tener voz en lo que las herramientas están construyendo, y de conservar en algún lugar una cama que no se pueda mover.

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