En casi todas las casas hay un marco con un documento adentro. Tiene un sello, una firma, un nombre por fin bien escrito y una fórmula solemne que certifica que el portador ha cursado y aprobado un plan de estudios. Nadie lo mira. No se hizo para mirarlo. Se hizo para mostrarlo una vez, a un empleador o a una tía, y luego quedarse colgado como prueba de que algo pasó durante esos años, algo que el marco llama educación.

Pregúntale al dueño qué pasó, y la respuesta rara vez trata de ideas. Trata de amigos, de dos o tres profesores, de exámenes sobrevividos, de la larga rutina de levantarse e ir a algún lugar porque todos los demás iban. Una parte fue aprendizaje. Mucho fue otra cosa. El marco no distingue, y durante casi dos siglos tampoco distinguió la institución que lo expidió.

I. La Instrucción con un Nombre Mejor

Las dos palabras alguna vez estuvieron separadas. Instruere, en latín, significa construir adentro, equipar, proveer: se instruye a un soldado, a un aprendiz, a un escribiente. Educere significa conducir hacia afuera, sacar de una persona algo que el maestro no puso ahí. Lo primero es transmisión. Lo segundo es formación. Ambas son dignas, y no son la misma actividad.

Los Estados conocían la diferencia lo bastante bien como para cambiar el letrero. En España, el ministerio que gobernaba las escuelas se llamó durante décadas Ministerio de Instrucción Pública; el franquismo lo rebautizó Ministerio de Educación Nacional a finales de los años treinta, siguiendo a Francia, que había hecho el mismo cambio en 1932. Buena parte del mundo hispanohablante terminó adoptando la misma palabra. Los edificios no cambiaron, ni los horarios, ni los dictados, ni los exámenes. Cambió el nombre. Es difícil encontrar mejor emblema de la sustitución: una institución construida para instruir, rebautizada con el nombre de lo más grande que esperaba estar haciendo.

La escolarización masiva tenía buenas razones para instruir. Domingo Faustino Sarmiento, que conoció a Horace Mann en Massachusetts y volvió convencido de sus escuelas comunes, quería “educar al soberano”: hacer ciudadanos que supieran leer, contar y votar, en países donde la mayoría no podía hacer ninguna de las tres cosas. La misma escuela servía también para formar trabajadores puntuales y obedientes; Michel Foucault, en Vigilar y castigar, la pondría junto al cuartel y la fábrica como institución de horarios y exámenes. Nada de esto fue una conspiración. Las sociedades necesitaban transmitir destrezas, ordenar el acceso al trabajo y darles a los niños un lugar seguro donde estar. El problema empezó cuando esas funciones tomaron prestado el nombre de algo que no garantizaban. John Dewey, en Democracia y educación (1916), se quejaba de que la escuela trataba la educación como preparación para una vida posterior y no como una vida que ya se está viviendo. Ivan Illich, que escribió La sociedad desescolarizada (1971) desde Cuernavaca, fue más directo: al alumno se le escolariza para confundir enseñanza con aprendizaje, promoción con educación, diploma con competencia.

II. El Ocio, Es Decir, la Escuela

La palabra escuela trae su propia confesión. Viene del griego scholē, que significaba ocio: el tiempo libre de quien no tenía que trabajar. Aristóteles daba por sentado que la indagación pertenecía a quienes tenían el pan hecho por otros. La escuela original no era un edificio sino una condición, y esa condición se repartía por clase.

Nunca llegó a ser universal, ni siquiera cuando la asistencia sí lo fue. Virginia Woolf le puso precio en Una habitación propia: quinientas libras al año y una puerta con llave. Tiempo, seguridad, libros y una familia que no necesitara tu sueldo eran los verdaderos requisitos de una vida de aprendizaje sostenido. La escuela podía abrirle las puertas a todo el mundo y dejar esos requisitos exactamente donde estaban. Pierre Bourdieu dedicó una carrera a mostrar cómo luego calificaba a los niños por lo que sus casas ya les habían dado, y llamaba mérito al resultado.

Sería fácil concluir que el apetito de aprender es cosa de una minoría. La historia no lo permite. En las fábricas de tabaco de Cuba, y luego en las de Tampa, los torcedores pagaban de su propio bolsillo a un lector de tabaquería que les leía en voz alta el periódico, a Victor Hugo, a Dumas; el habano Montecristo lleva el nombre de la novela que más pedían. Jonathan Rose documentó lo mismo en The Intellectual Life of the British Working Classes: mineros galeses juntando centavos para llenar bibliotecas, tejedores leyendo a Carlyle junto al telar. El apetito era común. Lo escaso era el tiempo para alimentarlo, y quienes lo alimentaron de todos modos lo hicieron casi siempre fuera de la escuela, a veces en su contra. La minoría nunca fue una minoría de curiosos. Fue una minoría de gente con condiciones para seguir siéndolo.

III. La Credencial Ocupa el Lugar

Cuando la instrucción ya había tomado prestado el nombre de la educación, vino una segunda sustitución: el certificado empezó a ocupar el lugar de la instrucción. En 1973 el economista Michael Spence formalizó la idea de la señalización en el mercado laboral: un título puede valerle a un empleador aunque no enseñe nada, porque demuestra que su portador aguantó el proceso de obtenerlo. Randall Collins, en The Credential Society (1979), sostuvo que buena parte de la expansión escolar fue una carrera armamentista de diplomas: cada generación necesitaba más años para señalar lo que antes señalaban menos. Bryan Caplan llevó el argumento más lejos, probablemente demasiado, en The Case Against Education. La versión moderada basta. Gran parte de lo que vende la escolaridad no es conocimiento sino un mecanismo de clasificación, y el estudiante hace bien en comprarlo.

Paulo Freire, en Pedagogía del oprimido, llamó “educación bancaria” a la escuela que deposita contenidos en el alumno como en una cuenta, para retirarlos el día del examen. El psicólogo Donald Campbell advirtió en 1976 que cuanto más se usa un indicador cuantitativo para tomar decisiones, más deforma el proceso que pretendía medir; la ley de Campbell se escribió pensando en las pruebas estandarizadas. Enseñar para el examen es el síntoma visible. El más callado es lo que las notas le hacen al apetito. En un experimento de 1973, Mark Lepper y sus colegas les prometieron un diploma por dibujar a niños de preescolar a quienes ya les encantaba dibujar; después, esos niños dibujaban menos por su cuenta que los que nunca habían recibido promesa alguna. Los psicólogos lo llaman efecto de sobrejustificación. Una institución que paga el aprendizaje con notas corre el riesgo de enseñar que aprender es algo que se hace por las notas, y que se deja de hacer cuando se acaban.

IV. Lo que Expone la Máquina

Durante mucho tiempo el arreglo fue estable porque la instrucción debajo de la credencial era escasa. Alguien tenía que saber cuadrar el libro contable, redactar el contrato, escribir el informe, traducir la carta. El certificado era un pagaré sobre esas operaciones, y las operaciones conservaban su valor.

Los economistas David Autor, Frank Levy y Richard Murnane describieron en 2003 cómo las computadoras absorben las tareas rutinarias: todo lo que pueda especificarse como procedimiento. Los modelos generativos ampliaron lo que cuenta como especificable. Un estudio de 2023 de Tyna Eloundou y sus colegas, GPTs are GPTs, encontró que la mayoría de las ocupaciones contienen alguna tarea expuesta a los modelos de lenguaje. Eso no equivale a que desaparezcan ocupaciones enteras, y la diferencia importa. Pero cambia lo que vale el marco en la pared. Si la instrucción puede descomponerse y ejecutarla un mecanismo, la credencial que la certificaba pierde su promesa, mientras la palabra educación sigue impresa en ella, intacta.

La respuesta tentadora es decir que la educación es lo que las máquinas no pueden hacer. Juicio, creatividad, empatía: el residuo. Hay que rechazarla. El ajedrez fue el emblema del intelecto humano hasta 1997. El go era el juego que ninguna máquina dominaría en décadas, hasta 2016. Definir la educación, o el valor humano, como lo que queda más allá de la frontera actual de la automatización hace que ambos dependan de un límite que los ingenieros corren cada año. Además le concede a la institución su premisa, que la educación es un conjunto de desempeños, y se limita a apostar cuáles seguirán siendo escasos.

V. La Biblioteca Abre sus Puertas

Después llegaron los modelos de lenguaje, y detrás de ellos los agentes. Durante casi toda la historia, la instrucción estuvo racionada por la cantidad de personas capaces de impartirla. En 1984 el psicólogo educativo Benjamin Bloom informó que los estudiantes con tutoría individual rendían unas dos desviaciones estándar por encima de los que aprendían en un aula convencional, y bautizó el problema de las dos sigmas: cómo lograr ese resultado sin un tutor para cada niño, algo que ninguna sociedad podía pagar. Un modelo de lenguaje es el primer candidato serio a respuesta. Explica el mismo procedimiento de diez maneras distintas a las tres de la mañana, en el idioma del estudiante, sin impaciencia, y mejora cada año. Un agente va un paso más allá y ejecuta el procedimiento él mismo. El impacto sobre la instrucción no es un pronóstico. Ya está en todas las aulas, casi siempre a través del celular de los alumnos, y va a seguir mejorando más rápido que las instituciones que lo rodean. Puede que reparta la instrucción con más equidad que cualquier ministerio. No reparte el ocio, ni la seguridad, ni el apetito.

Borges imaginó algo así en 1941. En “La biblioteca de Babel”, el universo está hecho de galerías hexagonales, contiguas e interminablemente conectadas, que guardan todos los libros posibles. Todo: “el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero”. Escribe Borges: “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera en algún hexágono. “A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva.” Todo estaba disponible, y nada podía encontrarse, ni creerse una vez encontrado. Algunos salieron a buscar al Hombre del Libro, un bibliotecario que habría leído el catálogo de los catálogos y que era, por eso, análogo a un dios.

Un modelo de lenguaje no es la Biblioteca. La Biblioteca guarda todas las combinaciones posibles de letras, casi todas sin sentido. Un modelo se parece más al bibliotecario de la leyenda, el que responde cualquier cosa, con fluidez, desde un anaquel que nunca vas a ver. Con él vuelve la vieja esperanza, y también el viejo riesgo: el catálogo fiel y el falso llegan con la misma voz tranquila. Cuando la instrucción se vuelve infinita y conectada, deja de ser escasa, y por eso deja de ser lo que una escuela puede vender. Lo que sigue siendo escaso es lo que les faltaba a los bibliotecarios de Borges: saber qué libro buscar, darse cuenta de cuándo miente el catálogo y tener una razón para seguir leyendo. Nada de eso es instrucción. Es la otra cosa que la palabra debía nombrar.

VI. Para Qué Servía la Palabra

Hay otra respuesta disponible, y es más vieja que las máquinas. La educación, si la palabra significa algo más allá de la instrucción, nombra la formación de una persona capaz de juzgar qué vale la pena hacer, de notar lo que un procedimiento deja afuera y de seguir haciendo preguntas cuando ya no hay diploma que ganar. Se parece más a una orientación que a una destreza. Su evidencia no es lo que alguien puede hacer el día del examen sino lo que sigue haciendo, sin que nadie se lo pida, veinte años después.

Esa definición no le pertenece a la universidad. Un ebanista que sigue leyendo sobre maderas después de terminar el aprendizaje, una enfermera que quiere saber por qué existe un protocolo y no solo cómo seguirlo, un mecánico jubilado que avanza por una historia de la República romana en la mesa de la cocina: esas son personas educadas en el único sentido que sobrevive a la automatización. Un doctorado sacado por el título y abandonado el día de la defensa no lo es. El aprendizaje técnico, el práctico y el autodidacta no son formas menores. Muchas veces fueron donde mejor se protegió el apetito, porque nadie lo estaba calificando.

América Latina construyó dos instituciones más honestas con el nombre que la mayoría de los ministerios. En enero de 1942, el gobierno de Getúlio Vargas creó en Brasil el SENAI, el Serviço Nacional de Aprendizagem Industrial, financiado con un aporte sobre la nómina de las industrias y administrado por los propios industriales; su modelo se extendió por la región. En junio de 1957, la Junta Militar colombiana creó por decreto el SENA, el Servicio Nacional de Aprendizaje, sobre una idea de Rodolfo Martínez Tono, financiado de la misma manera y gratuito para sus alumnos. Ninguno se llamó ministerio de educación. Sus nombres dicen aprendizagem, aprendizaje. Prometieron un oficio y lo entregaron, a millones de personas que las universidades nunca contaron, y un tornero o un electricista formado allí no le debía a nadie una disculpa por no tener título. En Colombia, “estudió en el SENA” llegó a ser una frase dicha con orgullo, y también, en ciertos salones, con condescendencia, que es exactamente la jerarquía que este ensayo describe. Esa honestidad es también lo que hoy los pone primeros en la fila. Una institución construida para transmitir destrezas especificables queda justo en el camino de las máquinas que las ejecutan. Lo que no puede entregarle a la máquina es al electricista que sigue preguntando por qué.

La mentira nunca fue que la escuela instruyera. La instrucción es necesaria y digna. La mentira, casi siempre involuntaria, fue la promesa que se le pegó: que la institución entregaba lo más grande, que todo el que pasaba por ella lo había recibido, y que quien no se convertía en aprendiz de por vida había desperdiciado personalmente el regalo. Las condiciones para ese tipo de aprendizaje se repartieron tan desigualmente como el ocio de la scholē, y la culpa se repartió entre los individuos. La automatización no volvió obsoleta la educación. Volvió legible la vieja promesa, al quitarle la parte que era más fácil de certificar.

Si nadie volviera a comprobar nunca lo que sabes, ¿qué querrías seguir aprendiendo?

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