¿Alguna vez dejamos de pedirles a nuestros padres que nos salven, o solo aprendemos a rebautizarlos? Dios, el gobierno, la medicina, la ciencia, el mercado, la institución, el experto: cualquiera puede volverse un padre más grande cuando se lo invoca no como una herramienta para entender o coordinar, sino como un adulto imaginario que absorberá las consecuencias de nuestro miedo. El vocabulario cambia —providencia, política pública, diagnóstico, evidencia, crecimiento— pero el ruego de fondo puede seguir siendo asombrosamente íntimo: que venga alguien más grande y haga desaparecer el peligro.
I. El niño escondido en la invocación
Hay una diferencia entre pedirle a una institución que haga el trabajo para el que fue construida y pedirle que elimine la condición de ser humano. Un gobierno puede coordinar la respuesta a una inundación; no puede abolir la vulnerabilidad. La ciencia puede decirnos qué está pasando y qué intervenciones probablemente funcionen; no puede decidir para qué es una vida. Sigmund Freud diagnosticó el mecanismo de fondo en El porvenir de una ilusión: la religión, argumentó, sobrevive porque repite en la adultez el pacto más antiguo del niño, cambiar sumisión a un padre todopoderoso por protección frente a una naturaleza que no nos debe nada. Freud apuntó el argumento específicamente a la religión, pero el pacto no es exclusivo de ella. Reaparece cada vez que un pedido de coordinación se convierte, en silencio, en un pedido de rescate —cada vez que pedimos evidencia y después exigimos certeza; pedimos administración pública y después exigimos exención de las consecuencias.
II. Madre y padre como dos tipos de autoridad
La metáfora parental tiene al menos dos polos. La madre se imagina como quien contiene el miedo, alimenta, perdona y vuelve el mundo emocionalmente habitable. El padre se imagina como quien impone el orden, traza el límite, castiga la amenaza y dice qué cuenta como real. Los padres reales rara vez se ordenan con esa limpieza, pero las culturas siguen reproduciendo el par porque le da a la ansiedad una gramática. La religión suele cargar ambas figuras a la vez: refugio y juicio, misericordia y ley. El Estado puede volverse el proveedor benevolente o el patriarca punitivo. En América Latina el patriarca punitivo tiene nombre propio —el caudillo que promete orden a cambio de obediencia, de Rosas a Trujillo a Pinochet— y su reverso también: el Estado-madre del populismo que reparte, perdona y absuelve, del que Perón y sus herederos son la versión más estudiada. La ciencia suele encarnar al padre —fría, objetiva, final— pero en momentos de pánico se la recluta también como madre, pedida para asegurarnos que el diagnóstico o el pronóstico harán desaparecer la incertidumbre.
III. El rescate que nos achica
Erich Fromm nombró el trueque que está en el centro de esto en El miedo a la libertad: la libertad moderna aísla, y el aislamiento asusta lo suficiente como para que la gente lo entregue a una autoridad que promete pertenencia y certeza a cambio. Si el gobierno es responsable de cada peligro, la ciudadanía se vuelve reclamo. Si la ciencia es responsable de cada decisión, el juicio se vuelve cita. Si Dios es responsable de cada resultado, la fe se vuelve un pedido de exención de la contingencia. Esto no es un argumento a favor del individualismo a ultranza —ningún adulto se basta a sí mismo, y buena parte de la civilización funciona con dependencia productiva: hospitales, escuelas, leyes, ayuda mutua. La pregunta es si una dependencia dada agranda la capacidad o la reemplaza. El buen cuidado devuelve a la persona al mundo con más agencia. El mal cuidado hace que la persona agradezca la jaula porque la jaula fue decorada como protección.
IV. Lo que Pink Floyd entiende bien
“Mother”, de Pink Floyd en The Wall, nombra ese retorno con una franqueza poco común. La canción no es una caricatura de la madre sobreprotectora; es sobre el punto donde protección y encierro se vuelven indistinguibles, porque la voz materna puede creer sinceramente que la vigilancia es cuidado y que el mundo de afuera es demasiado peligroso para enfrentarlo directamente. Alice Miller documentó la misma confusión a escala en Por tu propio bien, siguiendo lo que llamó “pedagogía venenosa” —una tradición de crianza donde la obediencia se enseña como amor y el control se enseña como preocupación, tan a fondo que el adulto que sale de ahí no logra distinguir fácilmente las dos cosas en ninguna institución que hable el mismo idioma. Por eso el patrón escala tan bien de la familia a la nación: el poder es más durable cuando puede describir sus restricciones como una expresión de cariño, y la mayoría de la gente no es simplemente débil por aceptar esa descripción —está preservando una relación con la autoridad que le enseñó, por primera vez, qué significaba estar a salvo.
V. Crecer sin quedarse solo
La madurez no puede significar eliminar toda estructura con forma de padre. Significa ver qué puede hacer cada estructura y qué no. La ciencia puede disciplinar la creencia sin volverse sacerdocio. El gobierno puede organizar la acción común sin volverse jefe de familia. La religión puede ofrecer sentido sin fingir que controla los acontecimientos. La tarea adulta no es dejar de necesitar a otros; es dejar de confundir la necesidad con la rendición —pedir contención sin pedir ser infantilizado, pedir reglas sin pedir absolución, pedir conocimiento sin pedirle que se vuelva destino.
Quizás seguimos volviendo a la madre y al padre porque son los primeros nombres que le dimos a un hecho insoportable: el mundo es más grande que nuestro poder, y alguien más parece saber cómo pararse adentro de él. El trabajo de la adultez es conservar el saber de que somos dependientes mientras se abandona la fantasía de que la dependencia puede volvernos inocentes.
Lecturas recomendadas
- Sigmund Freud — El porvenir de una ilusión (1927)
- Erich Fromm — El miedo a la libertad (1941)
- Alice Miller — Por tu propio bien (1980)
- Pink Floyd — Mother, de The Wall (1979)
