Es tentador tratar al tecnoaceleracionismo y al tecnofeudalismo como opuestos. Uno dice que la máquina debe correr más rápido, más lejos, más allá de todo freno institucional; el otro dice que la máquina ya fue capturada, reorganizada en torno a la renta, la extracción y el control centralizado. Uno suena a la promesa de una liberación total. El otro suena al diagnóstico de una dominación total. Pero la posibilidad más interesante es que no sean opuestos en absoluto — que sean dos proyecciones del mismo mito subyacente, contado desde los dos lados de la misma plataforma.
I. La pregunta detrás de la contradicción
¿Y si el tecnoaceleracionismo es simplemente el dialecto utópico de una imaginación feudal que aprendió vocabulario nuevo? El viejo orden feudal imaginaba la jerarquía como natural, sancionada por la sangre y por Dios. El nuevo imagina las plataformas, las nubes de cómputo y la infraestructura algorítmica como el aparato a través del cual el poder se distribuye sin aparecer jamás del todo como poder. Yanis Varoufakis sostiene en Tecnofeudalismo que esto no es metáfora sino mecanismo: la ganancia, el motor del capitalismo, fue silenciosamente desplazada por la renta, el motor del feudalismo, como la forma dominante de extracción de valor — el capital-nube cobra tributo por el acceso a mercados que posee por completo, en lugar de competir dentro de ellos. Si tiene razón, la pregunta deja de ser si la tecnología libera o esclaviza, y pasa a ser si la historia de la liberación fue alguna vez otra cosa que una manera de no mirar la estructura que produce los mismos límites que dice trascender.
II. Dos proyecciones espejo
Una proyección no es una simple ilusión; es una manera de narrar el presente a través de un mito ya ensayado en otra parte. El tecnofeudalismo describe a las plataformas digitales como un nuevo régimen de extracción — rentas sobre la infraestructura, monopolio sobre la coordinación, el feudo reencarnado en la aplicación. Ese diagnóstico convence en sus propios términos. Pero el aceleracionismo es la versión invertida de la misma afirmación: trata al mismo sistema como un vehículo de mejora permanente, una manera de superar la escasez y la esclerosis institucional, la única respuesta honesta ante un mundo demasiado lento para las herramientas que ya se construyeron para superarlo. Las dos posturas no son simplemente distintas. Son imágenes espejo hechas del mismo material. Una insiste en que el sistema es fundamentalmente parasitario. La otra insiste en que es fundamentalmente emancipador. Ambas explican una condición aparentemente inédita encajándola en una historia familiar, y en los dos casos la máquina funciona como vehículo de una fantasía política, no como un hecho neutral sobre el mundo.
III. Un patrón con historia
Esto ya sucedió antes, más de una vez. La modernidad está llena de regímenes que se describen a sí mismos como liberación y luego reorganizan la dependencia en una forma más abstracta y aparentemente más inevitable. La Revolución Industrial prometió un ascenso universal de la capacidad productiva y nuevas libertades frente al trabajo agotador; también produjo la disciplina fabril, el cercamiento de tierras comunales y formas de explotación que no tuvieron precedente feudal porque no lo necesitaron. La revolución digital contó una historia estructuralmente idéntica siglo y medio después: las redes aplanarían la jerarquía, la información fluiría libremente, y el sujeto productivo quedaría liberado de todo cuello de botella antiguo. La era del capitalismo de la vigilancia de Shoshana Zuboff es, entre otras cosas, la crónica de qué tan rápido esa promesa se agrió en algo cercano a su opuesto — los datos de comportamiento como materia prima, la predicción como producto, los usuarios como el recurso extraído y no como los beneficiarios servidos. Lo que importa no es que la historia de la liberación fuera falsa en cada detalle. A menudo fue parcialmente cierta. Pero siempre estuvo incompleta, y la parte faltante era, de forma confiable, aquella en la que un nuevo régimen administrativo se instalaba bajo la cobertura del impulso de la vieja historia. América Latina conoce esta secuencia bajo otro nombre: el extractivismo que describe Eduardo Gudynas no es solo la explotación de minerales o soja, sino la misma estructura de tributo — una economía organizada para que el valor salga del territorio hacia un centro que no necesita ni justificar ni disimular su posición.
IV. El reverso de Prometeo
Prometeo es útil aquí precisamente porque no es, ante todo, una figura de innovación técnica. En los relatos de Hesíodo y de Esquilo es una figura de rebeldía contra un límite divino, y el fuego que roba se convierte en fuente de poder y de castigo permanente a la vez — el mito es la versión original de lo sublime tecnológico, en la que un mortal arrebata a los cielos los medios de control y se los entrega, a un costo personal e irreversible, a la especie que no los tenía. El regalo es la liberación de la escasez y de la dependencia. El costo es una nueva relación de dominación, encadenado a una roca, y un mundo reorganizado en torno a una capacidad que ya nadie puede devolver.
¿Es el tecnoaceleracionismo el reverso de ese mito? Los escritos fundacionales del aceleracionismo de Nick Land tratan al capital mismo como el agente que quiere ir más rápido de lo que cualquier institución humana puede sobrevivir — no un rebelde que roba fuego a un orden superior, sino un proceso que ya prescindió de la idea de un orden contra el cual rebelarse, moviéndose bajo su propio impulso hacia un desenlace que nadie, ni siquiera sus beneficiarios, está dirigiendo. Ahí está la inversión. Prometeo es una figura de agencia, que paga un precio personal por un acto deliberado. El aceleracionismo, en su forma más pura, es una narrativa de inevitabilidad sin nadie a quien castigar, porque nadie es señalado como responsable — la autoimagen del sistema como pura velocidad ya absorbió la pregunta de si alguien eligió esto. Lo que sobrevive del mito no es el robo sino la cadena: una forma de servidumbre frente a las consecuencias de un poder que nadie decidió del todo liberar, hoy comercializado como la única dirección de viaje posible.
V. Lo que comparten las dos historias
El aceleracionismo y el tecnofeudalismo, leídos así, no se cancelan entre sí. Son mitades complementarias del mismo arreglo, descrito desde los dos extremos de la misma transacción. Uno enfatiza la velocidad, la escala y el mito del movimiento perpetuo. El otro enfatiza las rentas, los feudos y las estructuras de extracción que hacen rentable ese movimiento para una clase propietaria estrecha mientras todos los demás pagan el pasaje. Una forma de poder se presenta como la expresión inevitable de una necesidad técnica, recluta el vocabulario de la futuridad y la libertad para narrar su propio avance, y el resultado no es la abolición de la jerarquía que cada historia por separado promete, sino su reaparición bajo una forma más difícil de nombrar y, por lo tanto, más difícil de resistir.
La postura honesta no es ni el deseo romántico de que vuelva el viejo orden ni la fe tecnoutópica de que esta vez la aceleración termina en algo mejor. Es sostener los dos diagnósticos a la vez sin dejar que ninguno le preste la coartada que el sistema siempre busca — la plataforma como testigo, el mercado como ley natural, la máquina como un actor sin autor. Alguien es dueño de la nube. Alguien fijó los términos del tributo. El mito solo funciona mientras ese alguien se quede fuera de escena.
A veces pienso que quienes manejan con soltura este vocabulario — extracción de renta, utilización de cómputo, curvas de crecimiento — no son cínicos sino que quedaron encerrados en sus propios instrumentos: la herramienta y el proceso son todo lo que muestra el tablero, y el tablero no tiene columna para una persona. Lo demás es una aritmética vieja y fea, más filosa que cualquier cosa dicha en este ensayo: una muerte es una tragedia; de ahí en más, es solo estadística. Nadie la redactó como doctrina. Es, simplemente, lo que una planilla de cálculo le hace a un ser humano una vez que hay suficientes como para promediar.
Lecturas recomendadas
- Yanis Varoufakis — Tecnofeudalismo: qué mató al capitalismo (2023)
- Shoshana Zuboff — La era del capitalismo de la vigilancia (2019)
- Eduardo Gudynas — Extractivismo
- Nick Land — Fanged Noumena: Collected Writings 1987–2007 (2011)
- Hesíodo — Teogonía (el mito de Prometeo)
- Esquilo — Prometeo encadenado
