El argumento de que la compresión de la demanda laboral es real ya está hecho, y no como un evento único sino como un patrón de ausencias: la ronda de contratación que calladamente nunca sucede, el departamento que absorbe una nueva línea de producto sin crecer, la capa media de una empresa que se adelgaza una jubilación y una suscripción a IA a la vez. Una pieza anterior nombró el mecanismo, otra desarmó el consuelo de que un oficio es una red de seguridad, y una tercera rastreó toda la idea del trabajo asalariado hasta un invento del siglo quince y no hasta una ley de la naturaleza. Ninguna propuso qué reemplaza al salario cuando deja de hacer el trabajo para el que fue inventado —darle a una persona acceso a comida, vivienda, y una razón para levantarse. Esto no es otro alegato a favor de la renta básica universal; Dauphin, Manitoba ya aportó esa evidencia, y repetirla no suma nada. Es una taxonomía de las formas institucionales que ya existen, en alguna versión funcionando, para coordinar una sociedad cuyo mercado laboral dejó de vaciarse de forma permanente.

I. Lo Que Ya Funciona, y Lo Que No Resuelve

Una pieza anterior sobre instituciones no extractivas ya planteó que Mondragón, Wikipedia y los bienes comunes de Elinor Ostrom comparten un patrón de diseño —gobernanza de los gobernados, excedente que se queda local, salida real y barata— y que el patrón sigue siendo marginal porque la confianza hay que ganársela antes de poder escalar, mientras que la extracción puede escalar primero y ganarse la confianza después, o nunca. Ese argumento resuelve un problema más angosto que el que plantea esta pieza. Mondragón redistribuye el excedente entre gente que ya tiene un lugar adentro de la cooperativa. La gobernanza de Wikipedia le rinde cuentas a gente que ya se presentó a editar. Son instituciones para los incluidos. La pregunta más difícil es qué pasa con la gente a la que la compresión nunca dejó entrar —la generación no contratada, la cohorte cuya ausencia de las estadísticas de contratación es toda la historia. Ese es un problema de distribución, no un problema de gobernanza de un excedente que ya existe, y la evidencia existente sobre no-extracción no lo responde por sí sola.

II. Servicios Básicos Universales

La economista Anna Coote y el investigador de políticas públicas Andrew Percy dan la versión más filosa del argumento en The Case for Universal Basic Services (2020): lo que le falta a la gente, en un mercado laboral comprimido, no es principalmente poder de compra sino acceso a sistemas que funcionen —vivienda, salud, educación, transporte, comida, entregados como un derecho y no comprados con salarios que quizás no existan. Los estados de bienestar nórdicos empujaron hacia este modelo sin comprometerse nunca del todo, financiando servicios con generosidad pero enrutando igual la mayor parte del acceso a través de la condición de empleado. El modo de falla no es hipotético. Es el mismo que aqueja a cualquier sistema administrativo suficientemente grande: lo que se mide —camas ocupadas, casos cerrados, formularios procesados— reemplaza a lo que se suponía que importaba, el mecanismo que un post anterior sobre la Ley de Goodhart ya nombró en otro contexto. Un servicio básico universal es tan bueno como su resistencia a convertirse en una burocracia que optimiza su propio rendimiento en vez de a la persona para la que fue construida.

III. Cooperativas de Plataforma

El teórico de medios Trebor Scholz acuñó “cooperativismo de plataforma” en 2014 como la inversión directa de la economía de plataformas que Yanis Varoufakis después llamaría techno-feudal: en vez de una plataforma que le cobra peaje a cada conductor, repartidor o freelancer que depende de ella, la plataforma es propiedad de la gente que produce su valor. Everything for Everyone (2018), de Nathan Schneider, releva los ejemplos que ya funcionan —apps de transporte cooperativas, mercados de freelancers de los que los propios freelancers son dueños, fideicomisos de datos donde quienes generan los datos tienen los derechos de gobernanza. Nada de esto es teórico; en Argentina, cooperativas de remises y de reparto ya despachan viajes por apps que sus propios socios controlan, en lugar de pagarle una comisión a un accionista en otro continente. Lo que impide que el modelo desplace a la versión extractiva a escala es el capital y el efecto de red, en ese orden: una plataforma financiada por capital de riesgo puede quemar plata durante una década para ganar un mercado antes de dar una sola ganancia, y una cooperativa que levanta capital entre sus propios miembros no puede igualar ese ritmo de quema, mientras el efecto de red que volvió dominante a la plataforma incumbente castiga activamente a cualquier competidor más chico, precisamente por ser más chico.

IV. El Gremio, Reconstruido

The European Guilds (2019), de la historiadora Sheilagh Ogilvie, es un correctivo útil antes de usar la palabra: los gremios medievales no eran comunidades artesanales románticas, eran carteles que restringían la entrada para proteger los precios y los privilegios de sus miembros existentes, y el trabajo de archivo de Ogilvie muestra que la restricción solía ser más dañina que útil para las economías que los alojaban. El economista Morris Kleiner se pasó la carrera documentando la versión moderna del mismo mecanismo —licencias ocupacionales que encarecen convertirse en florista o en trenzadora de cabello mucho más allá de cualquier justificación de seguridad plausible, control de acceso disfrazado de protección al consumidor. Lo que un gremio reconstruido necesitaría tomar prestado, en cambio, es el modelo que el jurista Yochai Benkler llamó producción entre pares basada en comunes en The Wealth of Networks (2006): la estructura del mantenedor de código abierto, donde el estatus se gana por contribución y no se compra con un examen de licencia, y donde el cuerpo que certifica competencia es la comunidad de práctica y no una asociación establecida con interés en la escasez. El modo de falla es el mismo que Ogilvie ya documentó hace siete siglos bajo otro nombre: cualquier cuerpo que certifica competencia puede convertir esa certificación en un peaje de entrada, y el gremio se vuelve indistinguible del cartel que se suponía que iba a reemplazar —la misma deriva de credencialización que el hilo de la trampa del título ya rastreó adentro de las profesiones existentes.

V. Herencia Básica Universal

La idea es más vieja que cualquiera de sus defensores modernos. Agrarian Justice (1797), de Thomas Paine, proponía una entrega de capital única, pagada a cada ciudadano al llegar a la adultez, financiada con un impuesto a la tierra cuyo valor, argumentaba Paine, nunca fue la creación privada de ningún individuo. Bruce Ackerman y Anne Alstott revivieron el argumento dos siglos después en The Stakeholder Society (1999): financiar la entrega con un impuesto a la riqueza en cambio, y dejar que la gente sea dueña de una participación en vez de recibir un cheque recurrente, bajo la teoría de que la propiedad cambia la conducta de una manera que un subsidio nunca logra. Lo más parecido a una versión del mecanismo funcionando de verdad es el Fondo Permanente de Alaska, que le paga a cada residente de Alaska un dividendo anual con la renta petrolera del estado desde 1976 —un pago recurrente y no la entrega única de Paine, pero prueba de que un fondo soberano puede repartirle a los ciudadanos directamente una bonanza de recursos durante décadas sin que el arreglo colapse en dependencia ni en resentimiento. El modo de falla es el que viene incorporado en cualquier diseño de arranque igualitario: el mismo capital produce resultados desiguales apenas se topa con suerte, salud y criterio desiguales, lo cual no es un defecto exclusivo de este modelo sino lo que cualquier modelo de arranque igualitario tarde o temprano tiene que responder.

VI. La Restricción Que Comparten las Cuatro

Alineá las cuatro y reaparece la misma tensión que ya marcaba a Mondragón y a Wikipedia, antes incluso de que ninguna de ellas esté construida a escala. Cada una necesita que la confianza preceda al crecimiento y no lo siga —un servicio básico universal necesita que confíen en que no se va a calcificar en burocracia, una cooperativa de plataforma necesita que confíen en el capital que levantaron sus propios miembros, un gremio reconstruido necesita que confíen en que no se va a re-licenciar de vuelta hacia un cartel, una herencia básica necesita que confíen en que puede financiarse con una bonanza o una base impositiva que sobreviva a cualquier gobierno particular. Ninguna de las cuatro puede tomar el atajo que la extracción tiene gratis: escalar primero, probar legitimidad después, o nunca. Eso no es motivo para esperar que ninguna fracase. Mondragón, Wikipedia y el fondo de Alaska funcionan las tres, cada una a una escala que alguna vez pareció implausible. Es motivo para notar que ninguna de las cuatro, tal como existen hoy, fue diseñada con la generación no contratada como su miembro previsto. Se construyeron por y para gente que ya estaba parada en algún lugar adentro de una economía, y después se ajustaron para ser más equitativas con la gente que ya estaba adentro. Si alguna de las cuatro puede reconstruirse como el punto de entrada por defecto para la gente a la que el mercado laboral nunca le dio un lugar —en vez de una corrección atornillada al sistema una vez que alguien nota que nunca los contrataron— es la pregunta que la compresión va a seguir haciendo, tenga o no una respuesta lista.

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