El mercantilismo, la doctrina económica que gobernó Europa entre los siglos XVI y XVIII, sostenía que la riqueza de una nación se medía en metales: oro y plata en la bóveda, punto. Era una doctrina construida alrededor de lo que un libro contable podía sostener. Un barco cargado de especias era riqueza solo una vez convertido en moneda; una colonia valía solo por el metal que se le pudiera extraer. Todo lo que no se pudiera pesar, sellar y anotar en una columna quedaba, a efectos contables, inexistente. Adam Smith dedicó buena parte de La riqueza de las naciones (1776) a desarmar esa confusión entre el oro y la riqueza, pero el instinto que había detrás — contar lo que se puede contar y tratar el resto como ruido — sobrevivió a la teoría que lo bautizó.
Sigue siendo el sistema operativo con el que la economía moderna precia a una persona. Tres categorías de valor pasan por él constantemente: ser creativo, ser productivo, ser jefe. Cada una se resiste al libro contable a su manera, y a cada una se le pone precio igual, mediante un sustituto que el sistema sí puede sostener. El economista Charles Goodhart le dio a esa sustitución una ley en 1975, formulada sobre metas monetarias y generalizada después hasta volverse irreconocible: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Cada categoría de las que siguen es la Ley de Goodhart disfrazada con un puesto distinto.
I. La Creatividad, o la Señal que Suplanta a la Cosa
La creatividad es la más abiertamente subjetiva de las tres, y el mercado trata esa subjetividad como un problema a esquivar, no como un hecho a respetar. No puede precisar la cosa, así que precia la señal de la cosa: el currículum, la galería, la plataforma, el título, los nombres correctos en los agradecimientos. La distinción (1984) de Pierre Bourdieu es el estudio definitivo de cómo el gusto mismo funciona como señal social, transmisible y heredable, en buena medida independiente de las cualidades que dice detectar. El mercado no necesita resolver el problema difícil de qué es realmente creativo. Solo necesita un proxy lo bastante estable como para poder comerciarlo.
Fuente de Marcel Duchamp — un mingitorio, firmado y presentado a una exposición neoyorquina en 1917 — fue rechazado por la misma sociedad que había prometido exhibir cualquier obra que un artista presentara. Quedó sin reconocimiento durante décadas. En 2004, quinientos profesionales del arte encuestados por la Tate lo votaron como la obra más influyente del siglo XX. Nada en el objeto cambió entre el rechazo y la coronación. Lo que cambió fue la confianza del mercado en que era seguro ponerle precio. Es la paradoja que la semilla de esta pieza nombra con precisión: la economía que más ruidosamente celebra la creatividad es estructuralmente incapaz de reconocerla hasta que el reconocimiento ya ocurrió en otra parte — momento en el cual el mercado no está precificando creatividad, sino consenso, que llega, como todo consenso, último.
II. El Ingeniero que Evitó la Nada
La productividad parece la más honesta de las tres — producto sobre insumo, un número que cualquiera puede verificar — hasta que preguntás producto de qué, y según quién. Pensemos en los ingenieros que pasaron la segunda mitad de los años noventa auditando, parchando y reemplazando código en bancos, aerolíneas y empresas de servicios para desactivar el llamado efecto 2000. El trabajo era real: campos de año de dos dígitos, omnipresentes en sistemas de décadas de antigüedad, habrían generado errores de facturación, transacciones fallidas y cortes en infraestructura que nunca se había construido pensando en volver a tocarla. Gobiernos y empresas gastaron un estimado de varios cientos de miles de millones de dólares en la remediación. Llegó el 1 de enero de 2000 y casi nada se rompió.
El veredicto público, entregado en cuestión de meses, fue que todo había sido exagerado — un pánico vendido por consultores, prueba de que el peligro nunca fue real. Los ingenieros habían producido el único resultado que, visto desde afuera, se lee como ningún resultado: una ausencia. Slack (2001) de Tom DeMarco nombra esto directamente — el valor de quienes evitan la catástrofe que nadie más vio venir es estructuralmente invisible, porque no aparece en ningún tablero y no cierra ningún ticket. El efecto 2000 es el caso de estudio más puro disponible: cuanto mejor el trabajo, menos evidencia quedaba de que el trabajo hubiera importado, y el mercado sacó exactamente la conclusión equivocada del resultado exactamente correcto. La trampa del título corre sobre la misma falla contable — un sistema que precia lo visible siempre va a subvaluar a quien sostiene la arquitectura entera en la cabeza, porque el sostener no deja renglón en ninguna planilla.
III. El Jefe, o el Príncipe al que le Bastaba con Parecerlo
De las tres, la gerencia es la que menos se parece a una habilidad y más a un disfraz. Nicolás Maquiavelo dijo la parte silenciosa cuatro siglos antes en El príncipe (1532): no es necesario que un gobernante posea realmente la virtud, solo que parezca poseerla, porque quienes lo juzgan juzgan por lo que ven, y pocos llegan a acercarse lo suficiente como para poner a prueba la sustancia debajo de la apariencia. Cambiá “directorio” u “organigrama” por “quienes lo juzgan” y la frase no necesita ningún otro ajuste.
El principio de Peter (1969) de Laurence Peter y Raymond Hull provee el mecanismo para la ruta más común hacia el puesto: la competencia en un trabajo te asciende a un trabajo distinto, cuyas habilidades requeridas correlacionan débilmente con las que acabás de demostrar, y el ascenso se detiene justo en el nivel donde esa correlación finalmente se rompe. Fueras de serie (2008) de Malcolm Gladwell provee la otra ruta: el accidente del momento, la vacante abierta, la reorganización que necesitaba un nombre puesto antes de que nadie hubiera hecho nada para merecerlo. Ninguna de las dos rutas se distingue desde afuera. Un jefe que llegó por estar en el lugar correcto en el momento correcto es indistinguible, en el organigrama, de uno que llegó por capacidad genuina — y al sistema no le interesa realmente diferenciarlos, porque el relato que se cuenta a sí mismo necesita que los puestos de autoridad parezcan merecidos, sea lo que sea que los haya producido.
IV. El Sistema No Está Roto
Volvé a pasar las tres categorías por Goodhart y se resuelven en un solo mecanismo. La falacia narrativa de Daniel Kahneman, en Pensar rápido, pensar despacio (2011), explica por qué una buena historia sobre un ascenso se siente más verdadera que un relato honesto del azar — la mente prefiere una cadena causal a una moneda al aire, aun cuando la moneda al aire es lo que realmente ocurrió. Trabajos de mierda (2018) de David Graeber es la misma brecha vista desde el otro lado del libro contable: buena parte de lo que se premia no produce nada, precisamente porque el premio sigue a la visibilidad y a la actuación, no a la contribución.
Nada de esto convierte al mercantilista en villano. Por lo general no hay una persona en particular poniendo el precio — es el mercado mismo, o el organigrama, o el ciclo de evaluación, cada uno una máquina armada para convertir lo inmedible en una columna de números, porque una columna de números es lo único que una institución sabe cómo accionar. La brecha entre la cosa y su medición no es una falla que el sistema no haya logrado cerrar. Es la pared de carga. Cerrarla — precisar la creatividad por creatividad, la productividad por contribución, la gerencia por juicio demostrado — obligaría a todo el aparato a admitir cuánto de lo que premia es azar disfrazado de mérito. No puede hacer esa admisión y seguir funcionando, así que no la hace. Mantiene el libro contable en su lugar, y llama verdad al libro contable.
Si la ingeniera que evitó el desastre que nadie vio termina yéndose, o hace las paces en privado con la invisibilidad, no es una pregunta que el libro contable esté hecho para responder. Nunca estuvo hecho para verla, para empezar.
Discépolo vio todo esto un siglo antes y lo puso en un tango de dos minutos y medio. Cambalache (1934) no se limita a observar que el mundo fue y será una porquería — “en el quinientos seis y en el dos mil también”, cantaba — nombra los oficios que lo mantienen así, y uno de esos oficios, en su propia palabra, es maquiavelos. Discépolo no necesitó cuatro siglos ni una edición traducida de El príncipe para decir lo que este texto acaba de tardar dos mil palabras y notas al pie en decir. Ya lo tenía archivado bajo un género: cambalache. Pregunten de nuevo en el año 2506 si la creatividad, la productividad y la gerencia terminan midiéndose en lugar de cotizándose. La apuesta segura es que el tango sigue teniendo razón, y que todavía rima.
Lecturas recomendadas
- Adam Smith — La riqueza de las naciones (1776)
- Pierre Bourdieu — La distinción (1984)
- Tom DeMarco — Slack (2001)
- Nicolás Maquiavelo — El príncipe (1532)
- Laurence J. Peter & Raymond Hull — El principio de Peter (1969)
- Malcolm Gladwell — Fueras de serie (2008)
- Daniel Kahneman — Pensar rápido, pensar despacio (2011)
- David Graeber — Trabajos de mierda (2018)
- Marcel Duchamp — Fuente (1917)
- Enrique Santos Discépolo — Cambalache (1934)
