En 1926, cincuenta años después de la patente de Bell, el Comité de Educación de Adultos de los Caballeros de Colón hizo circular una lista de preguntas de discusión para sus grupos de estudio. Dos de ellas, textuales: ¿El teléfono hace a los hombres más activos o más perezosos? Y: ¿El teléfono destruye la vida del hogar y la vieja costumbre de visitar a los amigos?
Léalas otra vez y cambie el sustantivo. Medio siglo después de la llegada de la tecnología — no en su fase de novedad, no en la primera oleada de alarma, sino dos generaciones adentro, cuando todo hogar que podía pagarlo tenía uno — había adultos serios reuniéndose a preguntarse si el aparato los estaba volviendo perezosos y les estaba disolviendo la familia. Es el discurso de esta década con los números de serie limados. Lo único que cambió en cien años es el objeto sobre la mesa.
Un post anterior sostuvo que el smartphone no es la enfermedad sino el último anestésico — que el aparato es apenas la jeringa, y que la adicción es a la evasión que administra. Ese post seguía una constante: el apetito. Este sigue la otra: la acusación. Porque si el aparato nunca tuvo la culpa, queda una pregunta real: por qué cada generación sienta a su aparato en el banquillo — y por qué el expediente se lee igual todas las veces.
I. El prontuario
El expediente del teléfono, compilado de sus primeros cincuenta años, tiene cuatro cargos.
Cargo uno: agotamiento nervioso. American Nervousness (1881), de George Miller Beard, diagnosticó una epidemia nacional de “neurastenia” y culpó a la sobreestimulación de la vida moderna — entre sus culpables nombrados estaban el telégrafo, la prensa periódica, la máquina de vapor y, reveladoramente, “la actividad mental de las mujeres”. Nótese la fecha: la queja de que la comunicación instantánea estaba friendo el sistema nervioso colectivo es anterior a la adopción masiva del teléfono. El teléfono no generó el cargo; lo heredó. Los ensayistas de la época se quejaban de la “tiranía del timbre” — el teléfono fue la primera máquina capaz de exigir atención dentro de la casa, a cualquier hora, y la gente vivía el repique como una violación. No estaban equivocados. Lo era.
Cargo dos: la charla ociosa. Durante unas cuatro décadas, las propias compañías telefónicas consideraron la conversación social un mal uso de su instrumento. El teléfono se vendía estrictamente para negocios y administración del hogar; la literatura del gremio se angustiaba por las mujeres que ocupaban las líneas compartidas con chismes. Hubo que esperar a los años veinte para que AT&T se rindiera y empezara a vender sociabilidad — la historia que documenta Claude S. Fischer en America Calling: A Social History of the Telephone to 1940 (1992). Deténgase en ese detalle: el fabricante de la jeringa pasó cuarenta años desaprobando la droga. El dealer llegó de mala gana, y fueron los clientes quienes le enseñaron qué estaba vendiendo. Cualquiera que haya crecido donde existió la línea compartida — el party line de los pueblos, el teléfono de la vecindad, el único aparato de la cuadra al que se acudía como a un oráculo — sabe que la sociabilidad no fue un accidente del teléfono. Fue su destino, contra la voluntad expresa de sus dueños.
Cargo tres: el colapso del orden social. En Gran Bretaña sobre todo, el teléfono alarmó a las clases altas porque saltaba todo el aparato de control de la tarjeta de visita y el sirviente en la puerta — cualquiera podía timbrar directo al salón de un caballero. Súmense los pánicos higiénicos, con campañas para desinfectar las bocinas públicas, y los predicadores rurales denunciando las líneas compartidas como instrumentos de espionaje.
Cargo cuatro: la pereza y el hogar roto — los cargos de los Caballeros de Colón, ya leídos en el acta.
Pereza, familia disuelta, mujeres corrompidas, agotamiento nervioso, silencio perdido. Guarde esa lista. Está a punto de volverse familiar.
II. La misma columna de opinión, corriendo hace veinticuatro siglos
Recorra los cargos hacia atrás. En el Fedro de Platón, el rey Thamus advierte que la escritura “producirá olvido en las almas de quienes la aprendan” — el pánico de la atrofia de la memoria, dirigido contra la alfabetización misma. En los años 1540, el naturalista Conrad Gessner advirtió que la imprenta había desatado un diluvio de libros “confuso y dañino” que la mente no podía administrar — el pánico de la sobrecarga de información, cuatro siglos antes de la bandeja de entrada. La Alemania del siglo XVIII patologizó la Lesesucht, la adicción a la lectura, y culpó al Werther de una ola de suicidios — el pánico del contenido dañino. En 1858, un editorial del New York Times sentenció que la noticia telegráfica era “superficial, súbita, sin tamizar, demasiado veloz para la verdad” — una frase que podría publicarse mañana encima de una columna sobre el feed. García Márquez, dicho sea de paso, puso el telégrafo en el centro de El amor en los tiempos del cólera: Florentino Ariza es telegrafista, y el aparato acusado de deshumanizar la comunicación resulta ser, en sus manos, el instrumento de la carta de amor más larga del siglo.
Ahora recórralos hacia adelante. Una carta de 1936 a la revista Gramophone se quejaba de que los niños dividen su atención entre la tarea y “la excitación irresistible del altavoz”. Seduction of the Innocent (1954), de Fredric Wertham, sentó a las historietas en el banquillo por la delincuencia juvenil. Divertirse hasta morir (1985), de Neil Postman, hizo lo mismo con la televisión, con más estilo y mejor argumento. Vaughan Bell catalogó la procesión completa en “Don’t Touch That Dial!” (Slate, 2010), y el Pessimists’ Archive ha reunido las fuentes primarias en un museo navegable de la alarma recurrente. Adam Gopnik, examinando el género en “The Information” (The New Yorker, 2011), clasificó a todo comentarista de todo medio nuevo en tres facciones eternas: los nunca-mejor, los mejor-nunca y los siempre-fue-así. Douglas Adams llegó antes y con más gracia en El salmón de la duda: todo lo que existe cuando naces es normal; todo lo que se inventa antes de que cumplas treinta y cinco es emocionante; todo lo que se inventa después va contra el orden natural de las cosas.
Los sustantivos cambian. La gramática de la acusación, no.
III. La lectura cómoda, y la otra
Hay una conclusión obvia que sacar de esta historia, y el género que la compila casi siempre la saca: todo pánico pasado se ve pintoresco, así que el nuestro también se verá. Los Caballeros de Colón se equivocaron con el teléfono; por lo tanto los columnistas se equivocan con el smartphone. Tranquilos. Ya estuvimos aquí.
Esta lectura es cómoda, y es demasiado fácil. Hay otra.
Los pánicos acertaron en el mecanismo y se equivocaron solo en la magnitud. Cada aparato pavimentó, de verdad, algo de silencio. El teléfono sí terminó con la quietud sin anuncios del hogar — después del timbre, ninguna hora volvió a ser enteramente propia, y cualquiera que haya silenciado un teléfono que suena sabe que el cargo era exacto. La radio sí colonizó la noche. La televisión sí absorbió la hora familiar que se la acusaba de absorber. Los alarmados identificaron correctamente qué se estaba perdiendo; lo que no pudieron imaginar fue cuánto más lejos correría la curva. Sus alarmas no fueron falsas. Fueron tempranas.
Proust entendió esto desde adentro del pánico. En El mundo de Guermantes, el narrador oye por primera vez la voz de su abuela por teléfono — y la maravilla se vuelve de inmediato pavor, porque una voz separada de su cuerpo es un ensayo de su ausencia: escucha en el auricular, por primera vez, exactamente cómo la recordará algún día. El primer testigo literario del aparato no lo encontró trivial. Lo encontró un anticipo del duelo. El pánico, en su torpe lenguaje institucional, tanteaba algo que Proust captó con precisión: la máquina estaba cambiando qué significa la presencia, y algo real se estaba entregando a cambio.
En esta lectura, la dilución que ejecuta cada aparato es estructural, no moral — nadie la elige, y moralizar no la revierte — pero es real, y acumulativa. Y el pánico del smartphone no es entonces otra falsa alarma en una larga serie de falsas alarmas. Es la primera alarma que suena en la asíntota, donde el pavimentado del silencio está esencialmente completo.
IV. El disfraz del pánico
Hay un segundo patrón en el prontuario, más silencioso que el primero. Beard culpó a la actividad mental de las mujeres. El pánico del chisme era un pánico de género con disfraz de tecnología. El pánico del salón británico era un pánico de clase: lo que alarmaba al caballero no era el instrumento sino la voz del desconocido llegando sin el filtro del sirviente. El pánico de las historietas era un pánico de autoridad parental; el del Werther, sobre los hábitos de lectura de los jóvenes y las mujeres. En todos los casos el aparato responde en juicio por la ansiedad real de su época, que no puede ser procesada directamente.
Esto sugiere un uso diagnóstico para nuestro propio momento. Si cada pánico codifica las ansiedades de su hora con más fidelidad que la verdad sobre su aparato, entonces el pánico del smartphone es un documento que vale la pena leer — no por lo que dice del teléfono, sino por lo que dice de nosotros. ¿Qué hay debajo del disfraz esta vez? Culpa parental, quizás. Ansiedad de estatus ante la atención convertida en la nueva riqueza. El miedo de la clase profesional a sus propias compulsiones, proyectado sobre las pantallas de sus hijos. No pienso dictar sentencia. La pregunta queda mejor abierta, porque en el momento en que un pánico se decodifica deja de ser evidencia.
V. La coartada
Queda una vuelta más, y lleva de regreso al cuarto de Pascal.
Toda columna contra el smartphone se escribe en uno, y se lee en uno, casi siempre al alcance de una cama. Esto se trata como una ironía, cuando en realidad es el diagnóstico. Moralizar sobre el aparato es más fácil que quedarse sentado en el cuarto donde el aparato suena. El expediente, el juicio, el discurso, la columna, el post que usted está leyendo ahora — todo eso es un lugar más donde poner la atención que no es el silencio de abajo. El pánico no es lo contrario de la adicción. Es la coartada de la adicción: una manera de sostener la jeringa con el brazo extendido, examinarla, denunciarla, y no soltarla jamás.
Los Caballeros de Colón preguntaron si el teléfono destruye la vida del hogar. Un siglo después la respuesta honesta es: sí, algo, y lo volveríamos a hacer, y lo hicimos — hace cuatro o cinco aparatos. El juicio se reanuda cada generación porque el veredicto nunca está realmente en duda y nunca es realmente el punto. El acusado cambia. El fiscal siempre somos nosotros, y el delito siempre es nuestro.
Confesión de parte, en el espíritu de la coartada: yo amo mi teléfono, y no estoy en condiciones de testificar en su contra. Le debo demasiado — las llamadas “gratis” a los amigos y a la familia del otro lado del océano, por lo menos un par de empleos, y una cantidad respetable de reuniones a las que asistí, en todo sentido relevante, desde donde me agarrara el momento. Así que hice las paces con el arreglo. Cada noche lo pongo boca abajo en la mesa de noche y le digo: buenas noches, teléfono — gracias por sus servicios. Él no responde nada, que es el tramo de silencio más largo que cualquiera de los dos va a tener en todo el día.
Lecturas recomendadas
- Blaise Pascal — Pensamientos (1670)
- Platón — Fedro (~370 a. C.)
- George Miller Beard — American Nervousness: Its Causes and Consequences (1881)
- Claude S. Fischer — America Calling: A Social History of the Telephone to 1940 (1992)
- Neil Postman — Divertirse hasta morir (1985)
- Fredric Wertham — Seduction of the Innocent (1954)
- Johann Wolfgang von Goethe — Las penas del joven Werther (1774)
- Marcel Proust — El mundo de Guermantes (1920)
- Gabriel García Márquez — El amor en los tiempos del cólera (1985)
- Adam Gopnik — “The Information: How the Internet Gets Inside Us” (The New Yorker, 2011)
- Vaughan Bell — “Don’t Touch That Dial!” (Slate, 2010)
- Douglas Adams — El salmón de la duda (2002)
- Pessimists’ Archive — recortes de fuentes primarias sobre pánicos tecnológicos
