El argumento que sigue fallando no es el argumento sobre cuál sistema es mejor. Es el supuesto, enterrado dentro de ese argumento, de que las categorías son estables — que capitalismo, socialismo, mercantilismo, feudalismo refieren a cuatro arreglos distintos y mutuamente excluyentes, y que la historia moderna es la historia de uno de ellos ganando.
No han sido estables en cinco siglos. Lo que sí fue estable es algo más básico: hay un excedente, y alguien lo reclama. La forma del reclamo cambió. El reclamo, no.
I. El poder como constante, el mecanismo como variable
Cada época inventa un vocabulario para lo que el excedente es — renta, metal precioso, salarios, producto de planificación, atención — y un vocabulario para quién es el nuevo señor: el terrateniente, el príncipe mercader, el industrial, el comisario, la plataforma. Estos vocabularios parecen definitivos cuando se acuñan. Envejecen mal. Nadie en 1600 pensaba en las categorías de 1800. Nadie en 1900 predijo las categorías de 2000. Las categorías son fotografías; la relación de fondo es la película.
Esto es lo que una lectura puramente ideológica de la historia económica consistentemente pierde. La disputa entre Smith y Marx es una disputa de familia: los dos describen la misma relación de apropiación de excedente, y discrepan sobre quién merece el excedente y qué hacer con la desigualdad. Ninguno de los dos describe un mundo sin extracción. Ninguno podía: no existía uno.
II. Cinco épocas, un impulso
El mecanismo cambió de forma cinco veces.
Feudalismo. La riqueza es tierra, y la tierra es finita. El señor la posee; el siervo la trabaja, a cambio de protección y del derecho a existir. El poder político y la producción económica son la misma cosa — no hay separación entre la corona y la fábrica porque no hay fábrica. El sistema es un circuito cerrado, de baja velocidad, lento para cambiar.
Mercantilismo. Emerge el Estado-nación, y con él la idea de que el comercio es la guerra continuada por otros medios. La riqueza se vuelve oro, y el oro es suma cero: lo que la corona española acumula, la corona holandesa no tiene. La clase mercantil sube, pero sigue siendo un instrumento del Estado — los puestos de avanzada comercial como bases de operaciones, las colonias como reservorios de recursos y mercados cautivos. Eric Williams mostró en Capitalismo y esclavitud (1944) que la extracción mercantil del comercio atlántico no fue un precursor del capitalismo industrial sino su fundamento literal. Las categorías ya venían anidadas.
Capitalismo industrial. La fábrica, la sociedad por acciones, el capital mismo como valor que se expande. La riqueza se vuelve líquida y explosiva. El contrato social migra de la lealtad-al-señor al salario-por-trabajo — una mejora genuina en la dignidad humana, y una innovación genuina en el mecanismo de extracción: ahora el trabajador es formalmente libre, y el excedente se apropia a través de la relación salarial y no de la coerción directa. Una expansión sin precedentes de la capacidad productiva, y una expansión sin precedentes de las formas de ser explotado.
Socialismo como capitalismo de Estado. Las contradicciones del capitalismo industrial — la desigualdad, los ciclos de auge y caída, los antagonismos de clase — generan el experimento de tomar los medios de producción. En la práctica, en la URSS, en la China maoísta, en Cuba, esto se convierte en lo que podría llamarse capitalismo gubernamental: el Estado gestionando la economía como una sola corporación gigante. El mecanismo es gerencial. La extracción subyacente — una clase planificadora apropiándose del excedente de una clase trabajadora — no desaparece. Cambia de uniforme, y suprime la opción de renunciar.
Tecnofeudalismo y el nuevo mercantilismo. El presente híbrido. Tecnofeudalismo (2023) de Yanis Varoufakis nombra la primera mitad: los nuevos señores no poseen fábricas. Poseen la infraestructura digital — la nube, el marketplace, el algoritmo — sobre la cual transcurre todo el comercio, y cobran una renta sobre cada transacción. Amazon no fabrica los productos que se venden en Amazon. Le cobra a quien los fabrica el acceso a quien los compra. El excedente fluye hacia el dueño de la infraestructura, no hacia el productor. Mientras tanto, los Estados volvieron al mercantilismo con instrumentos del siglo veintiuno: cadenas de suministro convertidas en armas, controles de exportación de semiconductores, dependencias energéticas tratadas como activos estratégicos. El objetivo ya no es solo el beneficio. Es la soberanía tecnológica. La política económica es de nuevo un instrumento de guerra geopolítica.
III. La gran mentira sobre China
La mentira no es que China sea buena. La mentira es el supuesto de que China debe estar en un camino que Occidente ya recorrió — que eventualmente va a converger hacia la democracia liberal y el capitalismo de mercado, o eventualmente va a colapsar bajo sus propias contradicciones, porque esos son los dos finales que ofrece la plantilla occidental.
China está jugando los cinco juegos al mismo tiempo. Usa mecanismos capitalistas — el mercado, la sociedad por acciones, el motivo de lucro — para impulsar la innovación y el crecimiento. Usa mercantilismo dirigido por el Estado — política industrial, gestión cambiaria, campeones nacionales subsidiados, dependencia exportadora convertida en arma — para asegurar su posición global. Usa infraestructura tecnológica de alta densidad — el aparato de vigilancia, la arquitectura de crédito social, el régimen de gobernanza de plataformas — para la cohesión interna, de una manera que se parece a un tecnofeudalismo distribuido y suave.
Ninguno de esos tres juegos es novedoso por separado. El movimiento novedoso es jugarlos sin exigir que sean coherentes entre sí como ideología.
Occidente lee esto como contradicción. Desde adentro de la plantilla, tiene que serlo: un sistema no puede ser capitalista y socialista y feudal al mismo tiempo. Capitalism, Alone (2019) de Branko Milanović rompe esto con la distinción entre capitalismo político y capitalismo liberal — China siendo el ejemplo más claro del primero, organizado alrededor de la dirección estatal y la jerarquía administrada, y no del pluralismo político formal. China’s Gilded Age (2020) de Yuen Yuen Ang muestra la síntesis a nivel institucional, en detalle granular. Ninguno de los dos libros defiende el sistema. Los dos establecen que es un sistema, no una aberración a la espera de corrección histórica.
El error occidental más difícil no es juzgar mal a China. Es creer que el vocabulario del siglo veinte todavía describe la economía occidental del siglo veintiuno. Estados Unidos también está jugando los cinco juegos al mismo tiempo — plataformas cobrando renta, Estados convirtiendo la política tecnológica en arma, la financierización de activos productivos pareciéndose de cerca a una nueva forma de extracción que las categorías viejas no pueden nombrar. La síntesis ya está acá. Las categorías simplemente no se actualizaron.
IV. El Cambalache como única categoría honesta
En 1934, en medio de una década argentina definida por el fraude electoral, el colapso económico y el vaivén entre certezas ideológicas en competencia, Enrique Santos Discépolo escribió un tango que llamó Cambalache — la palabra para el negocio de compraventa donde se amontonan cosas incompatibles y se etiquetan como si todas tuvieran el mismo valor. El argumento de la canción es que el mundo moderno se ha convertido él mismo en un cambalache: que lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo honesto y lo chorro, ya no son clasificables, porque la maquinaria que debía clasificarlos fue rota a propósito, y quien la rompió se enriqueció con los escombros.
Siglo veinte, cambalache / problemático y febril. Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el mismo lodo, todos manoseados.
Discépolo nombró en 1934 lo que todavía tratamos de nombrar. La promesa de la posguerra fría era que la historia había terminado, las categorías habían ganado, el sistema correcto había sido identificado. Lo que ocurrió en cambio es que todos los sistemas se fusionaron en un cambalache — un negocio de ropa usada donde la renta feudal, la extracción mercantil, la acumulación capitalista y la gestión estatal operan en el mismo edificio bajo carteles distintos.
La crítica del siglo veinte al caos categorial es el entorno operativo del siglo veintiuno. El cambalache ya no es una metáfora. Es el edificio en el que vivimos, y todo el que lo administra cobra una comisión por dejarnos quedarnos.
Lecturas recomendadas
- Yanis Varoufakis — Tecnofeudalismo: Qué mató al capitalismo (2023)
- Cédric Durand — Tecnofeudalismo (2020)
- Branko Milanović — Capitalism, Alone (2019)
- Yuen Yuen Ang — China’s Gilded Age (2020)
- Eric Williams — Capitalismo y esclavitud (1944)
- Enrique Santos Discépolo — Cambalache (1934)
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